Viaje a Rusia (fragmento)Joseph Roth

Viaje a Rusia (fragmento)

"En un teatro moscovita he visto una obra mala, cursi, ruda, pero muy instructiva. Se llama Yevgraf, iskátelprikliucheni (Yevgraf, el buscador de aventuras). ¿Que quién es Yevgraf? Pues un joven, sobrino del propietario de un salón de peluquería y ayudante de peluquero, que participa en el negocio de su tío; el joven es un socio con buenas perspectivas, amado por la bella cajera del tío y con derecho a esperar un futuro que hasta en esta época confusa y en este país revolucionario puede considerarse un «futuro sólido». Pero Yevgraf renuncia a todo ello —oficio, cajera y futuro—; no quiere ser barbero, quiere ser un héroe. Como es natural, va descendiendo los consabidos «peldaños» que también existen, como en todos los sitios, en Rusia, y, tras haber matado a un judío NEP, acaba, presa de remordimientos, suicidándose. ¿Por qué razón no quiere Yevgraf continuar su existencia de peluquero ni seguir viviendo? Porque en otro tiempo había sido un héroe revolucionario, y le resulta imposible olvidar esa época en que estuvo combatiendo en las filas del Ejército Rojo, confiscando bienes, expulsando de sus casas a burgueses satisfechos, viéndolos arrodillados a sus pies, teniendo en la mano su vida y gozando de un poder embriagador. ¿Cómo volver a hacer reverencias ante aquellos burgueses, u otros nuevos todavía peores, cómo continuar abriéndoles la puerta, cosa que, al fin y al cabo, los ayudantes de peluquería tienen que hacer también en Rusia?
Yevgraf es, como he dicho, una obra ruda (una más de esa multitud de obras pequeñoburguesas y brutales tantas veces representadas en la Rusia actual, y sobre las que volveré). En ella, el autor aborda el problema a fuerza de puños, y casi lo sofoca recargando las tintas, no en lo artístico, sino en lo didáctico, es decir, en la falsa dirección; es un «moralista»: quiere mostrar que ha llegado el tiempo en que los héroes han de convertirse en burgueses, y que, si no lo hacen, les irá mal. Pero justamente por ello se convierte él mismo, como su héroe, en algo característico de esta época de la Revolución. A mí, el personaje de Yevgraf me cae más simpático que el autor y que la moral dominante, de momento, en este país de la Revolución; aunque yo creo que es posible afeitar a gente NEP y, sin embargo, ser revolucionario. El caso es que, por burdo que sea el personaje, Yevgraf resulta aquí un tipo representativo, simbólico, y su destino es el que corresponde a un revolucionario que queda fuera de la sobriedad de estos días en los que el lema es la «construcción» inmediata y real. Pero quien no solo se fije en él y en su caso, sino también en la clase de «construcción» que ahora tiene lugar (cosa que el autor, naturalmente, no hace), se preguntará: ¿Son realmente los propios Yevgrafs culpables de su destino, o no lo serán, más bien, esas «fuerzas constructivas»? ¿Hay solo dos tipos: héroes o filisteos? ¿Si la granada de mano hace al revolucionario y la navaja barbera al pequeñoburgués, qué será, pues, el «burgués» contra el cual se gastan tantas granadas de mano? ¿No será, más que un producto peligroso de un determinado orden económico, una odiosa creación de la naturaleza? Si no es preciso cambiar el método de ganarse el sustento, si ni siquiera es preciso cambiar la condición de «asalariado» por la de «patrón», sino que es posible transformarse, simplemente, de revolucionario proletario en un filisteo proletario, ¿dónde está la frontera entre el «burgués» y el hombre «libre»? Si es la caja de caudales lo que hace al ahíto bourgeois, lo que hace a ese otro tipo de bourgeois más magro sería el amor a la tranquilidad, a la apacibilidad del domingo, a la jarra de cerveza, al gramófono, a la esposa y al hijo, a la visita al museo, a la partida de ajedrez en el club. Pero no es de la corpulencia física de lo que se trata. Ningún teórico podrá afirmar que el domingo, la cerveza, el gramófono, el museo o el ajedrez son una herencia burguesa y que no hubieran podido prosperar en una sociedad no capitalista: son cosas que la Revolución no rechaza, sino que, al contrario, acepta jubilosamente, administra y cultiva. Incluso reconociendo que la estructura espiritual típicamente burguesa es una secuela directa de la economía capitalista, no se excluye, con ello, que haya a priori una inclinación natural al «aburguesamiento». Es más, son precisamente las tendencias y represiones pequeñoburguesas del proletariado las que lo demuestran. El sentido de la Revolución no puede ser la sustitución de una clase de burgués por otra, la sustitución del bourgeois explotador por el bourgeois explotado, del filisteo despiadado por el filisteo sufriente. El sentido de la Revolución no puede ser contentar a todo el mundo con el gramófono, el museo o el ajedrez. Su destino no puede ser «aburguesar» a la gente. "



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