G (fragmento)John Berger

G (fragmento)

"Las palabras se concentran en un alarido. No es un alarido de temor, sino de rechazo absoluto. Parecen mujeres aullando en nombre de todos los niños nacidos muertos.
No puedo continuar el relato de la experiencia que vivió el muchacho a los once años en Milán aquel 6 de mayo de 1898. Todo lo que escriba a partir de aquí o bien convergerá en un punto final o bien se dispersará de tal forma que se volverá incoherente. Detenerse en este punto, pese a todo lo que queda por decir, es admitir más verdad de la que sería posible si me empeñara en concluir el relato. El deseo del escritor de dar un final es fatal para la verdad. El final unifica. La unidad debe establecerse de otra forma.
Entre el 6 de mayo, cuando se decretó la ley marcial en Milán, y el 9 del mismo mes, murieron cien trabajadores y cuatrocientos cincuenta fueron heridos. Esos cuatro días marcaron el final de un periodo de la historia italiana. Los líderes socialistas empezaron a dar cada vez más importancia a la social democracia parlamentaria y se abandonó todo intento de acción directa —o defensa— revolucionaria. Al mismo tiempo, la clase dirigente adoptó una nueva táctica con los trabajadores y el campesinado; la represión brutal dio paso a la manipulación política. Durante los siguientes veinte años, en Italia, al igual que en el resto de la Europa Occidental, el espectro de la revolución se desvaneció del pensamiento de los hombres.
El agua sigue manando en la fuente del jardín de la casa de Livorno. La fuente, las palmeras, los hibiscos, los arbustos florecidos no se han deteriorado después de la muerte de la mujer de Umberto, tres años atrás, en 1895. Umberto contrató dos jardineros. Viaja especialmente a Settignano para encargar plantas exóticas. Con cada año que pasa, su recuerdo de Esther se aproxima un poco más a la imagen que de ella guardan sus familiares y amigos. Ya no pone en duda que su mujer era una persona con una gran espiritualidad.
De vez en cuando se oye como si tiraran una piedrecita al agua. Es el ruido que hace al sumergirse de pronto una perca solazándose en la superficie. Umberto no disfruta de la tranquilidad del jardín a solas. A solas se siente viejo y agitado. Estaría dispuesto a aceptar todo lo que Laura le pidiese a cambio de poder tener a su hijo con él en Livorno.
Umberto piensa que su hijo no parece un italiano moderno, sino un joven pintado en el Renacimiento; su rostro es como una ventana abierta sobre su alma. Cuando el chico sonríe, se le ven unos dientes muy separados, lo cual lo desconcierta un poco, pero él se encargaría de rellenar con oro los huecos. Le enumera a Laura todas las ventajas de que gozaría el muchacho si viviera en Livorno. Laura no dice lo que piensa. En lugar de ello, se queja, le lanza indirectas, se contradice. Cuanto más persuasivo se muestra Umberto, menos receptiva parece ella. Él le suplica una y mil veces, se lo pide de rodillas. "



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