Sombras en la hierba (fragmento)Karen Bligh

Sombras en la hierba (fragmento)

"Ya en África, la entrada en mi vida de otra raza, esencialmente diferente de la mía, supuso para mí una expansión misteriosa de mi mundo. Mi propia voz, mi cántico en la vida obtuvieron allá su réplica, y el dúo ganó en riqueza y plenitud.
En la literatura de todas las épocas se da una unidad peculiar, integrada por partes esencialmente distintas, que hace su aparición, desaparece y retorna siempre: la de amo y servidor. Los encontramos a los dos en rima, en verso libre y en prosa, ataviados con las variables indumentarias de los siglos. Aquí surge el profeta Eliseo con su criado Gehazi, formando ambos una asociación cuyo fin cabría suponer a raíz de la aventura con Naamán, pero a quienes, no obstante, volvemos a encontrar en un capítulo posterior, por lo que se ve, en la mejor de las armonías. Aquí hace salir Terencio a Davus y a Simo, Plauto a Pseupolo y Calidoro. Aquí cabalga don Quijote con Sancho Panza en su rucio pegado a la grupa de Rocinante. Aquí sigue el Bufón al rey Lear por la espesura de la noche negra y tormentosa; aquí Leporello aguarda en la calle, mientras dentro del palacio don Juan «recoge su dulce recompensa». Phileas Fogg se pavonea por el escenario con una idea fija en su mente y con el industrioso Passepartout a sus talones. En las mismas calles de nuestro viejo Copenhague se pasean del brazo Jerónimo y Magdelone, mientras que a sus anchas y dignas espaldas Henrik y Pernille se hacen señas mutuamente.
Si a veces el criado es el más apasionante de los dos, también es cierto que, de figurar él solo, este juego de colores perdería fulgor y resonancia, tanto en lo que atañe a él como a su amo. Necesita de un amo para ser él. Leporello, después de haber presenciado el espeluznante final del truhán de su amo, seguirá todavía, pienso yo, mostrando de vez en cuando en un corro de amigos la lista de las víctimas de don Juan y leerá en alta voz y con triunfante acento: «¡Sólo en España fueron 1003!» El Bufón, a quien mata la interminable noche en la ciénaga, no hubiera alcanzado la inmortalidad de no ser por el viejo rey loco, a cuyo rugido de león él une su mofa lúgubre, amarga y tierna. Henrik y Pernille, de haber sido dejados por Holberg en su propio ambiente de ayudas de cámara y doncellas de compañía en el Copenhague natal, no habrían chispeado y centelleado como lo hacen, teniendo como telón de fondo el sosiego de Jerónimo y Magdelone y el pálido idilio de Leandro y Leonor. "



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