El círculo (fragmento)Dave Eggers

El círculo (fragmento)

"Entraron en un ascensor de cristal ligeramente tintado de color naranja. Las luces se encendieron y Mae vio que aparecía su nombre en las paredes, junto con su foto del anuario de su instituto. BIENVENIDA, MAE HOLLAND. A Mae le salió un ruido de la garganta, casi como una exclamación ahogada. Llevaba años sin ver aquella foto y se alegraba mucho de haberla perdido de vista. Debía de ser cosa de Annie, atacarla una vez más con aquella imagen. Estaba claro que la chica de la foto era Mae —la boca ancha, los labios finos, la piel cetrina y el pelo negro—, pero en aquella foto, más que al natural, sus pómulos marcados le daban una expresión severa, y sus ojos castaños no sonreían, sino que se limitaban a mostrarse pequeños y fríos, listos para la guerra. Desde la época de la foto —en la que salía con dieciocho años, furiosa e insegura— Mae había ganado un peso que la favorecía mucho; la cara se le había suavizado y le habían salido curvas, unas curvas que llamaban la atención a hombres de todas las edades y motivaciones. Después de acabar la secundaria, se había esforzado por ser más abierta y más tolerante, y ahora la puso nerviosa el hecho de ver allí aquel documento de una época remota, en la que ella siempre estaba pensando mal del mundo. Justo cuando ya no la podía soportar más, la foto desapareció.
—Sí, todo funciona con sensores —le dijo Renata—. El ascensor lee tu acreditación y te saluda. Esa foto nos la dio Annie. Debéis de ser muy amigas si tiene fotos tuyas del instituto. En todo caso, espero que no te moleste. Es algo que hacemos sobre todo con las visitas. Y normalmente se quedan impresionadas.
A medida que el ascensor subía, fueron apareciendo por las paredes del ascensor las actividades programadas para la jornada, imágenes y texto que se desplazaban de un panel al siguiente. Cada anuncio venía acompañado de vídeo, fotos, animación y música. A mediodía había un pase de Koyaanisqatsi, a la una demostración de automasajes y a las tres refuerzo abdominal. Un congresista del que Mae no había oído hablar nunca, canoso pero joven, daba una rueda de prensa en el Ayuntamiento a las seis y media. En la puerta del ascensor se lo veía hablar en un estrado, con banderas ondeando detrás, remangado y cerrando los puños para mostrar su severidad.
Las puertas se abrieron, partiendo al congresista por la mitad.
—Ya hemos llegado —dijo Renata, saliendo a una estrecha pasarela de rejilla de acero.
Mae bajó la vista y notó que se le encogía el estómago. Podía ver hasta la planta baja, cuatro niveles más abajo. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com