Maravillosas aventuras de Antifer (fragmento)Jules Verné

Maravillosas aventuras de Antifer (fragmento)

"Esto era tratar en marino. Un navío no puede aventurarse sobre estos altos fondos que no conoce. En las proximidades de una tierra nueva no se debe marchar más que con sonda y desconfiar de la noche.
El personaje regresó a su cámara; y aunque el sueño cerrase sus párpados, el grumete no tendría necesidad de despertarle a las primeras luces del alba: él estaría en cubierta antes de salir el sol.
El capitán no quiso abandonar el puente ni dejar al contramaestre el cuidado de vigilar hasta la mañana. La noche transcurrió lentamente. El horizonte se fue haciendo indeciso, mientras su perímetro disminuía gradualmente. En el cenit, los últimos copos, aún hinchados de luz difusa, no tardaron en extinguirse. Desde hacía una hora la brisa soplaba poco. No se guardó más que la vela necesaria para conservar la acción del timón y mantener el barco en dirección.
Entretanto, en el firmamento brillaban las primeras constelaciones. Al norte la estrella polar miraba como un ojo inmóvil y sin resplandor vivo, mientras que Arturo resplandecía continuando la curva de la Osa Mayor. Al lado opuesto de la polar, Cariope trazaba su doble V resplandeciente. Capella aparecía exactamente en el mismo sitio que la víspera, como al día siguiente, con los cuatro minutos de avance que comienzan su día sideral. En la calmada superficie del mar reinaba esa especie de languidez debida a la caída de la noche.
El capitán, puesto de codos en la parte anterior, no movía el montante del cabestrante en que se apoyaba. Sólo pensaba en el punto observado en la vaguedad del crepúsculo. Tenía dudas, de esas dudas que la oscuridad aumenta. ¿No habría sido víctima de una ilusión? ¿Era verdad que un nuevo islote había brotado en aquel lugar? Sí… Ciertamente. Conocía aquellos parajes por haberlos recorrido cien veces. El punto le había dado su posición a una milla, y ocho o diez leguas le separaban de las tierras más próximas. Pero si no se había engañado, ¿no podía suceder que el islote estuviese ya ocupado? ¿Que algún navegante hubiese ya plantado en él su pabellón? Los ingleses, esos traperos de los mares, se apresuran a meter en su cesto la tierra que encuentran en su camino. ¿No luciría una luz que indicase que ya se había tomado posesión de aquel lugar? Era posible que el nacimiento de aquel montón de rocas se remontase a algunas semanas, a algunos meses; y ¿cómo había escapado a las miradas de los marinos, al sextante de los hidrógrafos?
De aquí la impaciencia del capitán porque luciese el día. Nada indicaba, por otra parte, la dirección del islote: ni uno de aquellos reflejos de vapores en los que había aparecido envuelto, y que hubieran podido colorear las tinieblas con un tinte fulguroso. Por todas partes, el aire y el agua confundidos en la misma oscuridad. Las horas transcurrían. Ya las constelaciones circumpolares habían descrito un cuarto de su círculo en torno del eje del firmamento. Hacia las cuatro, las primeras luces brillaron a E NE. Esta luz permitió notar algunas ligeras nubes en el cenit. Precisos eran aún algunos grados para que el sol brillase. Pero no era indispensable tanta luz para permitir a un marino experto encontrar el islote señalado, caso de que existiera. En aquel momento el personaje salió de la chupeta y llegó a la toldilla, donde el capitán se encontraba entonces. "



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