Lo demás es silencio (fragmento)Augusto Monterroso

Lo demás es silencio (fragmento)

"Si la forma de cualquier obra es, por el simple hecho de tratarse de su parte material, vale decir de su estructura, fácilmente desmenuzable, como lo hemos demostrado, el contenido ya no lo es tanto, y aun muchas veces algo de éste queda tan oscuro que para desentrañarlo se necesita de la paciencia de un Job o de un arqueólogo (recuérdense las dificultades que en su tiempo presentó el poeta Persio, para no ir tan lejos). Desde luego, salta a la vista que en cuanto a contenidos se refiere, nos encontramos ante un epigrama, tan de moda ahora entre nosotros como antaño entre los antiguos. Y en verdad, ¿qué mejor que este género para señalar toda clase de vicios, personas y lugares? La naturaleza humana es siempre la misma; el hombre no cambia, al contrario de lo que los progresistas quieren hacernos creer que creen, y los errores que el hombre comete hoy son los mismos que los que cometió ayer (recordemos a Quevedo) y que los que cometió anteayer (no por casualidad hemos mencionado a Persio; y sin duda al lado de éste podríamos traer a cuento también a Juvenal y a Marcial si el espacio que nos hemos impuesto para este breve comentario no se nos fuera terminando implacablemente, poco a poco, como tantas otras cosas aquí y ahora), lo que hace que el epigrama no pierda nunca vigencia y, muy por el contrario, sea un género o especie que estaba ahí como quien dice a la mano, y había que tener el genio para redescubrirlo y conferirle otra vez su papel de espejo en que la literatura se retrata a sí misma, se desnuda y no pocas veces se autodenigra en un intento de devolver a la palabra su significado concreto o más cercano a la cosa en sí, y aun trata de sustituir a ésta siempre que el que use esa palabra tome nota unos segundos antes y la despoje de supuestos sentidos metafóricos que ella en sí misma, pobre ser inconsciente, no tiene sino como carga acumulada a través del uso, o más bien del abuso que, como destino de todo abuso, acaba siempre en degeneración, más por cansancio, como en el caso de los metales comunes y corrientes, que por la búsqueda del metal por excelencia, vale decir el oro en toda su pureza. Y el epigrama es eso, el puro objeto verbal, despojado de cualquier contexto o aleación, la vuelta a lo auténtico, al lúcido pero inintencionado señalamiento de los defectos de un supuesto otro que no es otro que el yo del poeta autoescarnecido así hasta ese infinito en que la limitación no tiene límites y se abre al juego de espejos en que el sueño del otro refleja la realidad mejor que la realidad misma, y en que la realidad es el mejor reflejo del sueño del soñado que se sueña soñándose. "


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