La noche detenida (fragmento)Javier Reverte

La noche detenida (fragmento)

"La naturaleza del amor es tan extraña como la lógica del mundo. Creer en la vida no es otra cosa, en la mayor parte de las ocasiones, que intentar ser amado, de la misma forma que vivir puede no ser más que un intento de volver la espalda a la realidad del caos. Y pienso que Paula, pese a su brusquedad, pese a su seca amargura, sólo intentaba que la quisiera. Ella no se había casado nunca, aunque mantuvo largas relaciones con otros dos hombres antes de conocerme. Por mi parte, había roto mi matrimonio cuando me instalé en París, y apenas veía a mis dos hijos: Michael, que tenía diecisiete años, y Manuela, que había cumplido quince. Mi antigua esposa, una inglesa que trabajaba como alta ejecutiva para una empresa británica afincada en Madrid, había enviado a los chicos a estudiar a Inglaterra y yo sólo podía reunirme con ellos unos pocos días durante los veranos. Cada vez eran más distintos a mí y se me hacían más extraños. A cambio de esa lejanía, Kathy nunca me pedía dinero. Y el tiempo transcurría y yo comenzaba a entender que uno puede también olvidar en cierta manera a sus hijos. Sin ellos, probablemente mi vida era algo más triste, pero también más libre. Así eran mis días en París en el otoño del 92.
Aquella mañana de principios de noviembre Paula había salido temprano de casa. Era un día de cielo enmohecido y sobre la ciudad descendía una baba húmeda que pringaba el aire. En la proximidad del invierno, muchas mañanas eran semejantes a aquella, pero yo tenía ganas de salir y bañarme en la enigmática belleza de París, la altiva ciudad capaz de vencer siempre sobre la fealdad adusta de un mal clima.
Crucé a la isla de Saint Louis, bajo el aire hosco, la suciedad y el frío. Atravesé el puente hasta la isla de la Cité y alcancé la rive gauche. Compré los periódicos y busqué abrigo en un café de la plaza de Saint Michel. Sentado junto a una mesa próxima a la entrada y arropado por la seca calefacción del local, veía al otro lado de las cristaleras el robusto puente de la Cité. Bajo las macizas torres de Notre-Dame, el Sena rompía su brío contra los muros de contención de las orillas. Siempre he creído que las ciudades tienen alma propia y en ese momento pensaba que la de París palpitaba en una exacta armonía, en ese equilibrio estético que consiste en que la hermosura se deslice hacia nuestras emociones en forma natural y recia, sin afectación ni estridencias, con discreción, con halo de luz cálido y casual. Así es el arte que yo admiro. Y así es París. "



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