El amigo de la muerte (fragmento)Pedro Antonio de Alarcón

El amigo de la muerte (fragmento)

"El joven se inclinó sobre la condesa, cuyo hermoso semblante resplandecía con una belleza nueva, inmortal, divina; y de aquellos ojos, donde el fuego de la vida se quebraba en lánguidas y melancólicas luces; de aquella boca anhelante y entreabierta que la fiebre coloreaba; de aquellas manos suaves y ardorosas; de aquel blanco cuello que se extendía hacia él con infinita angustia, recibió tan elocuente expresión de arrepentimiento y ternura, tan íntima caricia y frenético ruego, tan infinita y solemne promesa, que, sin vacilar un instante, se apartó del lecho, llamó al duque de Monteclaro, al arzobispo y a otros tres nobles de los muchos que había en la cámara y les dijo:
—Escuchad la confesión pública de un alma que vuelve a Dios.
Los personajes susodichos se acercaron a la moribunda, arrastrados más por el inspirado rostro que por las palabras de Gil Gil.
—Duque —murmuró la condesa al ver a Monte claro—, mi confesor tiene una llave… Señor… —continuó volviéndose al arzobispo—, pedídsela… Este niño, este médico, este ángel, es hijo natural reconocido del conde de Rionuevo; mi difunto esposo, quien, al morir, os escribió una carta, duque, pidiéndoos para él la mano de Elena. Con esa llave… en mi alcoba… todos los papeles… ¡Yo lo ruego!… ¡Yo lo mando!…
Dijo, y cayó sobre la almohada sin luz en los ojos, sin aliento en los labios, sin color en el semblante.
—Va a expirar… —exclamó Gil Gil—. Quedad con ella, señor… —añadió, dirigiéndose al arzobispo—. Y vos, señor duque, escuchadme.
—Aguarda… —dijo la Muerte al oído de nuestro joven.
—¿Qué más? —respondió éste.
—¡No la has perdonado!…
—¡Gil Gil!… ¡Tu perdón!… —tartamudeó la moribunda.
—¡Gil Gil! —exclamó el duque de Monteclaro—. ¿Eres tú?
—Condesa, ¡que Dios os perdone como yo os perdono!… ¡Morid en paz! —dijo con religioso acento el hijo de Crispina López.
En esto se inclinó la Muerte sobre la condesa y puso los labios en su frente…
Aquel beso resonó en el pecho de un cadáver.
Una lágrima fría y turbia corrió por el rostro de la muerta.
Gil enjugó las suyas y respondió al de Monteclaro:
—Sí, señor duque; yo soy.
El arzobispo rezaba fúnebres oraciones a la cabecera del lecho.
Entretanto, la Muerte había desaparecido.
Eran las doce de la noche. "



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