Los millones de Brewster (fragmento)George Barr McCutcheon

Los millones de Brewster (fragmento)

"La señora Gray vivía en la Calle 14, en una casa antigua y tranquila que Montgomery Brewster también consideraba la suya desde hacía años. El edificio, en otro tiempo propiedad del abuelo de ella, había sido uno de los primeros en construirse en esa zona de la ciudad. La señora Gray había nacido allí, y se había casado en el salón; la casa estaba ligada a su infancia, a su breve vida de casada y a la que había llevado desde la muerte de su marido. De niña, la madre de Montgomery había sido compañera suya de colegio y de juegos, y la amistad entre ellas había perdurado: cuando su nieto se quedó huérfano, Edwin Peter Brewster se puso a buscarle alojamiento, y la señora Gray rogó al anciano que le dejara hacerse cargo del muchacho. Montgomery era tres años mayor que su hija, Margaret, y los dos niños crecieron como hermanos. El viejo Brewster fue generoso en la manutención de su nieto y, estando Montgomery en la universidad, donde, para asombro del banquero, se dedicaba a gastar dinero a espuertas, siguió pagando una renta a la señora Gray por unas dependencias que nadie utilizaba, pero se conservaban en buen estado. Con todo, no hubo nunca la más mínima queja por parte de Edwin Peter Brewster: era un hombre adusto, pero no tacaño.
La señora Gray había tenido dificultades para llegar a fin de mes. Su único patrimonio era la casa de la Calle 14, y su marido apenas le había dejado nada. Para colmo de males, una desafortunada operación especulativa del señor Gray había hecho esfumarse todo el dinero que ella había heredado de su padre, el juez Merriweather. Sin embargo, había evitado durante años hipotecar la casa dando clases de francés e inglés. En cuanto a Margaret, su madre la había enviado a uno de esos viejos y prestigiosos internados junto al río Hudson, y la joven había salido de allí dispuesta a ayudarla en su lucha por salir a flote y guardar las apariencias. Era rica en amistades, pero únicamente el orgullo le impedía disfrutar de las ventajas que ofrecían. Además era guapa, inteligente y alegre: la naturaleza no le había negado nada. Con un ánimo ligero y radiante como una mañana de mayo, parecía complacerse en afrontar las adversidades, y nadie sospechaba que su valor pudiese flaquear ni por un instante.
Ahora que acababa de heredar una fortuna fabulosa, Brewster no concebía mayor placer que el de compartirla con la señora Gray y su hija. Entrar en el pequeño salón de su casa y ofrecerles grandes sumas de dinero le parecía tan natural que se negaba a pensar que pudiera existir algún obstáculo. Y sin embargo sabía que un regalo así hería a la señora Gray en su amor propio, legado de varias generaciones de hombres altivos y autosuficientes. El caso es que sobre la casa pesaba una pequeña pero molesta hipoteca de dos mil o tres mil dólares, y Brewster se puso a pensar en cómo arreglárselas para hacerse cargo de la deuda sin ofender profundamente a la señora Gray. Se le ocurrieron cientos de ideas descabelladas, infinidad de argucias y pretextos que no tardaría en desechar por la ternura que le inspiraba el orgullo de esas dos mujeres tan queridas.
Nada más abandonar el banco fue en tranvía hasta la esquina de Broadway con la Calle 14, que enfiló con entusiasmo. Aún no había llegado al punto de desdeñar ese medio de transporte, por más que llevara un fajo de billetes haciéndole bulto en el bolsillo del pantalón. Al llegar a la casa se encontró con el viejo Hendrick, fiel sirviente de los Gray desde hacía dos generaciones, que estaba barriendo las hojas de otoño de la acera. "



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