Las tierras prometidas (fragmento)Joan Barril

Las tierras prometidas (fragmento)

"Con los años he ido haciéndome una idea de lo que se había ido acumulando en aquel trozo de tierra a dos metros de altura del espejo del mar. Ahora ustedes ven algún hotel, unos cuantos kilómetros de carretera, algún huerto y un aparcamiento. Pero hace cincuenta años eso no era sino uno de los muchos aliviaderos de la historia. Yo misma hace cincuenta años era una chica prácticamente analfabeta. Me habían enseñado las cuatro reglas y una lengua, unas cuantas recetas de cocina y una cierta habilidad para hacer funcionar una radio desde donde llamar a los aviones. Cincuenta años después conozco todos los aeropuertos del mundo y allí donde voy me tratan de usted y de excelencia. Es verdad que la vida me ha dejado en esta silla de ruedas, pero sé que unos brazos más fuertes me llevan donde necesito ir. He leído y he escrito. He pensado y he recordado. He conocido gente que no se dejaba conocer y, de tanto acercarme al aliento de la verdad, he podido apartarme de ella porque a veces la verdad duele y para mí era más cómodo convivir con la exageración y la impostura.
»Pero nunca he olvidado aquellos días en que volvimos a nacer. Porque todos vivimos unos días en que nada es como antes. Quizás a ustedes dos les pasa lo mismo y todavía no lo saben. Han llegado hasta aquí y cada uno lleva en su interior una derrota que no quiere admitir. Mientras los niños juegan en la playa y los camareros atienden a los clientes del "todo incluido", ¿cuánta gente no ha venido a esta isla para olvidar que forma parte de una pequeña derrota personal? ¿Cómo saldrán de este cayo si no es con nuevos argumentos y alguna pequeña esperanza? Yo, entonces, todavía no lo sabía ¿Comprenden? Yo ya había conocido la muerte antes de la catástrofe. Había enterrado a mi madre y a los vecinos, había aprendido a recordar a mi padre cada vez que iba a la playa y miraba el mar con la densidad del mercurio y con el deseo de verlo llegar de nuevo con su barca. Pero no había conocido todavía la textura del odio antiguo, aquel odio que no nace de un agravio personal, aquella rabia que nos cae encima casi en el momento de nacer.
»Tuve suerte. Y ustedes también la han tenido. Porque no hemos tenido que ir por la vida con la maldición de una especie. Pero hace cincuenta años vi a gente como Yithzak, nacido en el lado oscuro de la vida. Cada vez que veo la fotografía del niño del gueto con sus pantaloncitos cortos o su gorra en la cabeza y las manos en alto frente al cañón de un fusil, me pregunto si Yithzak fue consciente de haber escogido formar parte de aquel pueblo. Y cuando recuerdo la canción sangrienta de Carl o Karl y su actitud de superioridad sobre todos nosotros me pregunto si escogió su patria o si fue su patria la que lo escogió a él.
»Y el pobre Porfirio, aniquilado por una guerra perdida, profanador de templos y asesino de curas, que se sintió repentinamente seducido por la delicadeza mística de una monja. Y la monja, que habría podido ser princesa y que prefirió ir a redimir a los analfabetos del Quiche. Y el buenazo de Sam, que aprendió de los animales el secreto de su supervivencia, y el joven Bacardí, nacido entre algodones que le fueron expropiados por quienes alimentaban sus sueños con el elixir que su familia les concedía para apaciguarlos. Hace cincuenta años, aquí mismo, nos encontramos los perdedores de demasiadas historias. Y yo estaba aquí para empezar a aprender que el mundo era mucho más grande que el mundo de mi infancia.
»Estoy un poco cansada. Veo que mi esposo se ha dormido. ¿Les importaría acompañarme a la terraza? Han dicho que haría mucho viento, pero veo que la noche está bastante calmada. Así ustedes podrán fumar tranquilamente y mi palabrería no despertará a nadie. Cójame por aquí, Laura. Y usted, joven, acérqueme las muletas, por favor. Todavía me queda una petaca de ron del bueno para compartir. Bacardí, naturalmente. Desde entonces no bebo otra cosa. Vamos, hagámonos compañía. ¿Qué más quieren saber? ¿No les gustaría saber algo de Santiago? ¿No quieren saber quién fue el que me convirtió en lo que soy? Nunca una historia tan alta ha tenido que ser dicha en voz tan baja. No conviene que nadie nos oiga. Cojan aquel par de sillas y acérquense. Llevo aquí unos papeles que me ayudarán a recordar. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com