Memorias (fragmento)Antonio Alcalá Galiano

Memorias (fragmento)

"Como corría tanto peligro en aquellas horas, estimé inhumana la acción de mi tío, y llevé mi resentimiento contra él hasta no volver a verle ni a hablarle en mi vida. Hoy, conozco que mi presentación fue repentina y mi lenguaje ofensivo e inoportuno, por lo cual le disculpo, pero no del todo, pues su dureza fue excesiva para circunstancias como las en que yo me encontraba. Desesperado, pues, me fui a ver al general Campana. Éste me vio llegar a él con asombro, pero se mostró humano, y me rogó que me ocultase, diciéndome que extrañaba mi temeridad en presentarme allí, porque, según decía, estaba muy exaltada la gente. También quise disputar con él, y también le rogué que me juntase con mis compañeros; pero él, diciéndome que ignoraba dónde estuviesen éstos, cortó la conversación volviéndome la espalda. Me fui, pues, de allí, y traté ya solamente de buscar un asilo. El día, sereno por la mañana, se había vuelto lluvioso y caía agua sin intermisión y con abundancia. Calado hasta los huesos llegué a una casa donde se hospedaban provisionalmente mi tía y mi hijo, pero sin esperanza de encontrar en ella refugio. No me engañé en este triste pronóstico, pues los que hospedaban a mi familia me dieron a entender cuán comprometidos se creían sólo por mi entrada en aquel lugar, de suerte que apenas tuve el tiempo necesario para mudar mi ropa interior mojada por otra. Volví, pues, a recorrer las calles, dejando en agonía de desconsuelo y susto a las personas de mi mayor cariño. Por fortuna, en mis vueltas de aquí para allí, me divisaron desde el interior de sus vidrieras, y por entre ellas, dos primas hermanas mías, hijas del hermano mayor de mi madre, con las cuales me había criado, y a cuya casa no había querido acudir, sintiendo disgustarlas o acarrearme una negativa de favor que me habría sido dolorosa. Ellas me llamaron, me recibieron con tierno afecto, y me ofrecieron que pasase allí la noche. Acepté, pero aún quise hacer una tentativa para dar con mis compañeros. Volví a salir acercándose la noche. En Cádiz tenía a mi hermana única; pero como hacía ya cerca de cuatro años que no la veía, no consintió mi altivez que fuese a pedirle favor en horas de apuro.
Pasaba así el tiempo, arrastrando inútilmente continuo peligro, porque entre los soldados, que, sueltos y dueños de su voluntad, ocupaban las calles, había desertores de la columna de Riego, que bien podían haberme conocido, siéndolo yo mucho en el Ejército de San Fernando. Oscureció al fin, y no habiendo pensado, en medio del general temor, los encargados del alumbrado en acudir a encender los faroles, y estando las puertas de las casas y las tiendas todas cerradas, las angostas calles de la ciudad estaban en tinieblas profundas, seguía yo por ellas a tientas, resuelto ya a irme al asilo que me estaba ofrecido, cuando al pasar por la llamada del Sacramento, en lo más alto de su cuesta, la mayor de Cádiz, y cerca de la Torre de Vigía, me oí dar un ¡quién vive! y no bien respondí, cuando acercándoseme un bulto me sentí asido y con un sable, cuyo frío sentí a la garganta. Era un soldado solo y cayéndose de borracho. Me repitió quién era, y yo respondí: «Oficial de la marina real», pues podía pasar por tal por mi traje de frac azul y sombrero militar, y añadí que iba a tomar órdenes de mi general. Me sirvió la respuesta, pues el soldado me llamó compañero, y después de pedirme que gritase ¡viva el rey!, a lo cual me presté, me dejó ir, quedando satisfecho. "



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