Las crisálidas (fragmento)John Wyndham

Las crisálidas (fragmento)

"Nuevamente hicimos cuanto nos fue posible para levantar una barrera entre nosotros y el aparente intercambio unilateral que mi hermana dirigía excitadísima.
Avanzamos lentamente a través del bosque. La misma preocupación que sentíamos por no dejar huellas en caminos y veredas nos impedía progresar de modo ostensible. Además de llevar los arcos dispuestos para su utilización inmediata, teníamos que ir con cuidado a fin de que no fueran arrancados de nuestras las manos y agacharnos mucho para no tropezar con las ramas colgantes. Aunque el riesgo de encontrarnos alguna partida no era excesivo, sí que había posibilidades de que nos saliera al paso alguna alimaña. Por fortuna, las veces que vimos estos animales fueron siempre en huida. Quizá los amedrentara el tamaño de los caballos gigantes; pensamos que si era así, contábamos al menos con una ventaja frente a la reconocible huella que íbamos dejando.
En aquella zona no son muy largas las noches de verano. Marchábamos sin parar hasta que empezaba a amanecer, y luego buscábamos algún claro para descansar. De haber desensillado las caballerías, hubiéramos corrido un gran riesgo; para levantar las pesadísimas sillas y cuévanos hubiéramos tenido necesidad de utilizar una especie de polea colgada de una rama, lo que hubiera eliminado cualquier probabilidad de una rápida escapada. Nos limitábamos, pues, a enlazar los caballos como anteriormente.
Mientras comíamos hablé a Petra de las cosas que le había mostrado su amiga. Cuanto más me contaba, más me excitaba yo. Todo era casi idéntico a lo que yo había visto en mis sueños de pequeño. El conocimiento de que aquel sitio existía de verdad representó como una súbita inspiración, ya que eso suponía que mis sueños no habían sido simplemente sobre el Viejo Pueblo, sino que ahora eran una realidad y estaban en alguna parte del mundo. Sin embargo, como Petra estaba cansada no quise interrogarla con la intensidad que yo hubiera deseado, y dejé que ella y Rosalind se acostaran.
Acababa prácticamente de salir el sol, cuando Michael se puso en contacto de modo agitado.
—Han descubierto vuestro rastro, David. El perro de aquel hombre que mató Rosalind ha encontrado su cuerpo, y van tras las huellas de los grandes caballos. Nuestra cuadrilla se dirige ahora hacia el sudoeste para participar en la caza. Mejor será que aligeréis. ¿Dónde estáis?
Todo cuanto pude decirle fue que calculábamos estar a pocos kilómetros de Tierra Agreste.
—Entonces poneos en marcha —me aconsejó—. Cuanto más tardéis, más tiempo tendrán para adelantar una partida que os corte el paso.
Me pareció un buen consejo. Desperté a Rosalind y le expliqué la situación. Diez minutos después estábamos de nuevo en camino, con Petra todavía medio dormida. Cogimos más velocidad que cuando teníamos que ir ocultos, echamos por la primera senda que encontramos hacia el sur y urgimos a los caballos para que alcanzaran un pesado trote.
El camino serpenteaba de acuerdo con las irregularidades del terreno, pero su rumbo general era exacto. Después de continuar por él a lo largo de casi veinte kilómetros sin tropezarnos con ningún obstáculo, al doblar una curva nos dimos de cara con un jinete que se hallaba a unos cincuenta metros de nosotros. "



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