El viejo de las botas (fragmento)Vitaliano Brancati

El viejo de las botas (fragmento)

"El alcalde y el inspector serenaron inmediatamente sus semblantes, y se pusieron a hablar del Duce, del Eje, de la victoria, del imperio, del espacio vital, de la raza, de las organizaciones de latosos de poca monta y del cuerpo de mosqueteros del Duce, constituido desde hacía ya mucho tiempo. Sin dejar de conversar atravesaron el salón hasta llegar a la puerta. Piscitello estaba a punto de dormirse parado, extenuado por el miedo, la desconfianza y el desánimo, cuando un ruido como bofetones, que en verdad no era sino de tacones y polainas, lo despertó: el alcalde y el inspector se hallaban frente a frente, mentón contra mentón, tiesos, con el brazo derecho en alto y mirándose como buitres. Pero luego se relajaron, y sonrieron; el inspector se fue y el alcalde regresó a su escritorio. Piscitello seguía al alcalde, clavando su mirada entre las botas y el cinturón, pero cuando se atrevió a mirarlo a la cara, tuvo que admitir que estaba sucediendo algo realmente diabólico: el semblante furibundo se disolvía rápidamente, como la cera en el fuego; una sonrisa, que parecía una vieja y familiar sonrisa, le afloraba en los labios, le guiñaba el ojo izquierdo en señal de connivencia, y hasta la oreja izquierda, recogida hacia atrás por las arrugas de esa sonrisa, se movió saludando a Piscitello.
—¡Bobo! —dijo el alcalde, en voz baja y cambiada—. ¡Te dejas sorprender inocentemente! ¡Despierta ya, caramba...! La derrota es sólo cosa de días.
—¿De quién? —tartamudeó Piscitello, casi ahogado del temor de comprender.
—¿Cómo que de quién? ¡La nuestra! ¿Crees que se puede vencer al mundo con un pueblo con botas y con un ejército sin zapatos?
El alcalde invitó a Piscitello a que se sentara en un diván cercano, y le confió que el fascismo le parecía odioso, tan odioso como el Municipio, el Ministerio de Gobernación, el imperio y él mismo, con ese uniforme.
—¡Pero no vayas a contárselo a nadie!
—¡Oh, señor alcalde! —exclamó Piscitello, alzando las manos y casi arrodillándose.
Luego hablaron del coronel Stevens que, según el alcalde, “se expresaba como un ángel”; según Piscitello, no era un coronel, pero qué va, sino un general que no quería que lo reconocieran como tal, y, recordando las frases dichas antes de que se fuera el inspector, se emocionaron y rieron tanto que estaban a punto de abrazarse. “¿Pero cómo será físicamente?”. El alcalde lo imaginaba alto y moreno; Piscitello, rubio y fornido; el alcalde, un poco canoso; Piscitello, casado y con tres hijos; el alcalde decía que era rico; Piscitello, en cambio, creía que no era muy rico; el alcalde, elegante vestido de civil y descuidado en uniforme; Piscitello, que él siempre andaba de uniforme. "



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