Murió la dulce paloma (fragmento)Barbara Pym

Murió la dulce paloma (fragmento)

"Así que allí era. A ojos de Leonora parecía una casa desvencijada, casi mísera, lo menos parecido a lo que ella pudiera haber elegido para vivir. Con todo, el umbrío jardín y las ventanitas rebosantes de airosas rosas constituían un marco ideal para un romance. Y se echó a temblar de tal modo que tuvo que detenerse un momento, con la mano apoyada en la verja, para ordenar sus ideas. Se anunciaría diciendo que era la amiga de James que se había encargado del embalaje de sus muebles, que él iba a regresar de un momento a otro y que los iba a necesitar. Y, a partir de ahí, a ver qué pasaba.
La puerta tenía un picaporte de bronce deslustrado que representaba un delfín. Era una pena que Miss Sharpe no hiciese los metales más a menudo, pensó Leonora, al levantarlo para llamar. Y no es que el jardín no necesitase también una buena mano. Probablemente la parra debía de estar en la parte de atrás, porque allí no se veía ni rastro.
«Soy Leonora Eyre», se dijo, mientras aguardaba a que saliesen a abrir, para infundirse valor y seguridad. Volvió a llamar al cabo de un instante, pero tampoco contestó nadie. Entonces empujó la puerta y se abrió. Qué poco precavida era la gente en los pueblos, pensó, al advertir que también todas las ventanas estaban abiertas, como si ladrones e intrusos no les inspirasen el más mínimo temor.
Dio con una pequeña salita de techo bajo, oscura y fresca, que contrastaba con el soleado exterior. Estaba muy desordenada.
«¿Hay alguien?», se aventuró a llamar, porque Miss Sharpe podía estar arriba, o en la parte de atrás. Pero nadie contestó. Optó entonces por sentarse, porque estaba muy cansada. Incluso había confiado en que la invitasen a tomar una taza de té, aunque, dadas las circunstancias de su visita, no era muy probable, aparte de que el aspecto del interior de la casa no hacía pensar en una invitación tan convencional. Casi todo el espacio de la salita lo ocupaba una mesa redonda, sobre la que había una máquina de escribir, montones de libros, papeles y cartas, un lío de ropa lavada, seca, pero muy arrugada, y restos de comida: una hogaza, queso, mantequilla y un tazón a medio llenar, con un líquido marronoso. Y, presidiéndolo todo, había un gato atigrado, enroscado y durmiendo. Adosado a una de las paredes había un sofá, con muchos cojines de chillones colores, discos de gramófono y más libros. Resultaba difícil, por no decir imposible, imaginar a James en semejante marco, y Leonora empezó a afirmarse en lo que creía evidente —entre otras cosas porque no se veía rastro de sus muebles—, en cuanto a que no había, realmente, nada entre James y Phoebe Sharpe. Cierto que Phoebe había estado en la tienda de Humphrey, y había hablado de James como si de un amigo íntimo se tratara, pero puede que Humphrey hubiese llegado erróneamente a esa conclusión. De ahí que Leonora optase por reservarse cualquier opinión hasta conocer a la joven.
Leonora se levantó y miró en derredor. Se fijó en una lámpara hecha con una botella de vino y sonrió, al recordar que James había tenido una, hasta que ella, entre bromas y veras, le había aconsejado que la tirase. No había cuadros ni objetos que pudiesen dar alguna idea sobre cuáles eran los gustos de Phoebe Sharpe, a excepción, posiblemente, de los libros. Leonora abrió uno de ellos; era un libro de poesía, pero sin las gafas no podía leer. Había marcado un punto con un sobre en el que se veía la inconfundible y ampulosa caligrafía de James. No necesitaba gafas para identificarla. Le produjo una fuerte impresión ver una carta de James dirigida a otra persona, y se quedó allí unos instantes, con la carta en la mano, dudando entre abrirla o no. Por supuesto que estaba muy mal leer cartas ajenas, y ella no era de la clase de personas que hacen estas cosas, pero, dadas las circunstancias, teniendo en cuenta la estrecha relación que la unía a James, y en contra de todos sus principios…
Entonces se oyeron unos golpecitos en la puerta. Leonora volvió a meter rápidamente la carta entre las páginas del libro y adoptó el talante de quien aguarda pacientemente, aunque sin que le pasase inadvertido que difícilmente iba a ser Phoebe quien llamase a su propia puerta.
—Ah… ¿No está Miss Phoebe? —exclamó una mujer alta y rubia, de aproximadamente la misma edad que Leonora, a la vez que entraba.
Leonora se levantó y ambas quedaron frente a frente. "



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