Los hombres de Wilmet (fragmento)Barbara Pym

Los hombres de Wilmet (fragmento)

"Ese año el invierno fue muy duro. Febrero y marzo fueron unos meses crueles (no en la forma que canta el poeta, tal vez, pero bastante malos para la mayoría de nosotros). Rodney era el único que parecía entretenerse: revistiendo con aislante las cañerías, descongelando el tanque y arreglando un reventón en una tubería del vecino en plena noche. Empecé a preguntarme si de verdad conocía al hombre con quien me había casado, pues jamás hubiera imaginado que poseyera esas habilidades. Igual que los escritores de los diarios baratos que nos instaban a pensar en los ancianos pensionistas, no pude evitar pensar en Mary en aquel convento presumiblemente frío, y en la señorita Prideaux y sir Denbigh con tan poca carne sobre los huesos para mantenerlos calientes. Debo reconocer que no me preocupé demasiado del padre Ransome y su techo con goteras, ni siquiera de la posibilidad de que se uniera a Roma. En cierto modo pensé que el clima frío podía despejar las dudas, o por lo menos suspender temporalmente la actividad intelectual, como la comida que se conserva aletargada mediante la congelación. El padre Thames tuvo que guardar cama durante la Semana Santa porque contrajo la gripe, así que el padre Bode batalló con gallardía en solitario para cumplir con los oficios religiosos propios de una época tan solemne. Hasta que llegó el Sábado Santo, día en que la llama del mechero de Bill Coleman encendió con eficiencia el nuevo cirio pascual en la oscura iglesia, no brotó en mí ningún sentimiento de esperanza. Las luces revelaron una rama de forsitia dorada que decoraba la pila bautismal, y la vida pareció desperezarse ante mí, nueva y emocionante.
Abril fue templado y encantador, además de cruel en el sentido que le daba el poeta, mezclando el recuerdo con el deseo. El recuerdo era de otras primaveras, el deseo apenas formulado, apenas reconocido, era apartado por mí a manotazos porque no parecía tener cabida en la vida que yo había elegido vivir.
Un día, Rowena y yo quedamos para pasar el día de compras y comer juntas. Mi amiga había venido a la ciudad a comprar ropa para los niños, pero cuando me encontré con ella en nuestro restaurante favorito admitió que se había pasado toda la mañana comprando cosas para ella y nada para sus retoños. "



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