El vergel (fragmento)Josefina Aldecoa

El vergel (fragmento)

"En el cruce, una flecha de madera indica con letras negras: «A la playa, seis kilómetros». Y la tentación del baño se vuelve irresistible. Todo estado de ánimo obedece a causas físicas, solíamos decir Eduardo y yo. Y cuando uno de los dos estaba deprimido, estarás enfermo, decíamos, porque si el malestar, la desazón, tuvieran otras causas, lo sabríamos. De la misma manera, el baño con su estela de sensaciones placenteras barre en mí la inquietud producida por el tramo de laberinto recorrido esta tarde.
El coche vuela. La carretera es una línea recta que atraviesa la isla de norte a sur. Hay que cruzar la ciudad en este recorrido que me lleva al hotel. Me detendré en el paseo. Me quedaré un buen rato en la terraza del quiosco pintado de azul. Necesito prolongar esta impresión de plenitud. Tengo que dirigir hacia vías muertas las preguntas. Por ejemplo, por qué Eduardo dijo: Si no tuvieras hijos, Juan, ¿tú lucharías?...
Estaba todo claro cuando hubo que tomar las decisiones. Ni el menor riesgo, ni el más leve temor, decía Eduardo. No podemos alterar nuestra armonía física. No es necesario. Nos bastamos los dos. Los hijos entorpecen, disminuyen, desunen...
Las huellas de Eduardo están ahí, pero me resisto a intentar descifrarlas. Mi respuesta es zambullirme en el agua, gozar de un baño espléndido y, luego, ponerme a cantar. Me estoy convirtiendo en una extraña...
Los helechos colgados del techo derramaban su pompa vegetal sobre las cabezas de los comensales. Por la ventana abierta se veía el mar. Hacía un rato que el faro exploraba con su ojo incansable la lejanía.
—No lo sé —dijo Martín—. No sé si Eduardo sabía bien por qué estaba aquí...
Comía con esmero los peces de la isla: pargos, samos, «viejas», bocinegros. Una fuente de cuerpos brillantes un momento antes, cuando el muchacho del delantal blanco la alzó ante nosotros en ofrenda, como un tesoro.
La tarde había transcurrido sin tensiones. Por el contrario, un humor juvenil me había hecho saltar de un tema a otro, de una observación ligera a una confidencia trivial.
Martín me contemplaba un poco perplejo. Probablemente venía preparado para defenderse de mí. Porque había un matiz de impaciencia en sus palabras cuando me llamó al hotel y me dijo: Estoy dispuesto a que hoy no se quede sin cenar... Y luego añadió, dando por sentado que yo estaba deseando esta propuesta: Podríamos charlar un rato y luego la llevaré a comer un buen pescado.
Seguro que esperaba mi asedio. Estaba listo para eludir los puntos de fricción y dar por terminado el enojoso asunto de mi investigación sobre Eduardo. Por eso tuvo que defraudarle mi actitud despreocupada, mi entusiasmo por el lugar del encuentro, un bar acristalado sobre una fortaleza que empujaba hacia el mar su proa de barco de lujo. Miré a Martín sin la ansiedad del primer día, cuando sólo veía en él un testigo importante de hechos, posibles sucesos que yo intentaba aclarar. Ahora era sólo un hombre sentado frente a mí, que aparecía enmarcado por un friso de embarcaciones de colores con nombres de mujer en los costados.
—Sólo he hecho un crucero en mi vida, antes de casarme —me encontré diciendo—. Después, nunca, porque a Eduardo no le gustaba el mar...
Estuvo a punto de replicar, pero se contuvo. Guardó silencio esperando que yo siguiera, llevada por esa exaltación que me había invadido desde el momento en que llegó a buscarme con su aire de muchacho que acude a una cita y no sabe si va a conducir a algo o simplemente va a desleírse en las luces del crepúsculo. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com