Ciudad Veintisiete (fragmento)Jonathan Franzen

Ciudad Veintisiete (fragmento)

"Cuando el cielo empezó a clarear por el este sobre la zona meridional del estado de Illinois, los pájaros fueron los primeros en saberlo. A lo largo del río y en todas las plazas y parques del centro, los árboles empezaron a gorjear y agitarse. Era el primer lunes de octubre. Los pájaros del centro de la ciudad estaban despertando.
Al norte del distrito financiero, donde vivía la gente más pobre, una brisa mañanera sacaba olores a alcohol derramado y sudor antinatural de unos callejones donde nada se movía: un portazo pudo oírse desde varias manzanas de distancia. En los apartaderos de la zona industrial, entre el zumbido de acumuladores defectuosos y los repentinos y fantasmales estremecimientos de las cercas Cyclone, hombres con cortes de pelo cuadrados dormitaban en torres también cuadradas mientras allá abajo el material rodante tomaba posiciones. Hoteles de tres estrellas y clínicas privadas con una visibilidad abyecta ocupaban la zona alta. Más al oeste, el terreno era ondulado y árboles sanos servían de nexo entre las poblaciones, pero eso ya no era St. Louis, sino un suburbio. En el lado sur había hileras e hileras de casas de ladrillo cúbicas donde viudos y viudas dormían en sus camas y donde las persianas, bajadas en una época anterior, no se levantaban en todo el día.
Pero ninguna parte de la ciudad estaba más muerta que el centro. En el corazón de St. Louis, a resguardo del gemebundo tráfico nocturno de cuatro autopistas, había abundancia de espacios ajardinados. Aquí reñían gorriones y picoteaban palomas. Aquí el Ayuntamiento, una réplica del Hotel de Ville parisino pero con tejado de caballete, se elevaba de un solar insípido en todo su esplendor bidimensional. En Market Street, la principal arteria de la ciudad, el aire era saludable. A ambos lados de la calle se oía cantar a los pájaros, en solitario y a coro: era como un prado. Era como el jardín de una casa.
El responsable de tanta paz llevaba en vela toda la noche en Clark Avenue, al sur del Ayuntamiento. La jefa de policía Jammu, en la quinta planta de la jefatura, estaba abriendo el periódico de la mañana y extendiéndolo bajo la lámpara de su escritorio. Todavía estaba oscuro en la oficina, y del cuello para abajo, con sus hombros estrechos y encorvados, sus rodillas huesudas envueltas en calcetines altos y sus pies inquietos, la jefa era la viva imagen de una colegiala que estuviera empollando.
Pero su cabeza era de persona mayor. Al inclinarse ella sobre el diario, la luz eléctrica dejó a la vista unos mechones blancos entre el sedoso cabello negro sobre su oreja izquierda. Al igual que Indira Gandhi, que aquella mañana de octubre todavía vivía y era la primera ministra india, Jammu mostraba señales de encanecimiento asimétrico. Llevaba el pelo lo bastante largo para prendérselo detrás de la cabeza. Tenía una frente ancha, una nariz ganchuda y angosta, unos labios gruesos que parecían privados de sangre, azulados. La piel tersa en torno a su boca aparecía decorada de arrugas.
Encontró lo que buscaba entre las páginas del Post-Dispatch: una foto de ella tomada en un día luminoso. Estaba sonriendo, su mirada era simpática. El pie —Jammu: mirando por el personal— le provocó una sonrisa igual a la de la foto. El artículo adjunto, escrito por Joseph Feig, llevaba por título «Nacer de nuevo». Empezó a leer.
Pocas personas lo recuerdan ya, pero el apellido Jammu apareció por primera vez en los periódicos norteamericanos hace ya casi una década. Corría el año 1975. El subcontinente indio estaba revuelto a raíz de la suspensión de los derechos civiles por parte de la primera ministra, Indira Gandhi, y su campaña contra sus enemigos políticos.
Entre crónicas contradictorias y profusamente censuradas, la prensa occidental se hizo eco de una extraña historia procedente de Bombay. Se hablaba de una operación conocida como Proyecto Poori, obra de una funcionaria de policía de nombre Jammu. Al parecer, el Departamento de Policía de Bombay se dedicaba a la venta de alimentos al por mayor.
En aquel momento parecía una locura; no menos lo parece todavía hoy. Pero ahora que el destino nos ha traído a Jammu a St. Louis convertida en jefa de policía, los ciudadanos se preguntan si, después de todo, el Proyecto Poori era realmente tan desatinado. "



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