Las chicas de campo (fragmento)Edna O'Brien

Las chicas de campo (fragmento)

"Recibí una tercera carta, de mi padre, que parecía dirigida a una extraña. En ella me contaba que se había mudado al pabellón y que estaba muy contento. Añadía que, de todos modos, la casa le venía grande ahora que mamá ya no estaba. Me paseé mentalmente por todas las habitaciones; admiré las colchas de patchwork, las pantallas para las chimeneas hechas de miriñaque con ribetes rojos en los bordes, y las paredes húmedas pintadas con pintura al óleo de un verde pálido. Incluso llegué a abrir cajones para ver las cosas que mamá había guardado en ellos: viejos adornos de Navidad, frascos de perfume vacíos, ropa interior de seda por si algún día tenían que hospitalizarla, juegos de cortinas, y bolas de naftalina por doquier.
«Bull’s-Eye te echa de menos, igual que yo». Con estas palabras acababa la breve misiva, y yo hice una bola con el papel, pues no quería volver a leerla.
La carta de Jack Holland era tan florida como esperaba. Su caligrafía era muy fina, y escribía en papel pautado de cuaderno. Hablaba de la clemencia del clima, pero dos líneas más abajo comentaba que había tomado precauciones contra los chaparrones, lo cual significaba que había dispuesto baldes en las habitaciones de la planta de arriba para las goteras, y si le faltaban baldes extendía paños viejos para que absorbieran las filtraciones del techo. Una de las frases me turbó. Decía: «Y, mi querida Caithleen, imagen y prolongación de tu madre, no veo por qué no regresas a heredar su hogar y perpetuar su admirable tradición doméstica».
¿Estaría pensando en devolverme la casa? Se me pasó otra posibilidad por la cabeza, tan descabellada que no pude sino reírme. Me explicaba que él y su impedida madre no vivían en nuestra casa, puesto que había recibido una suculenta oferta por parte de una orden de religiosas, que deseaba alquilarla como noviciado. Unas monjas francesas, decía. Qué contento tiene que estar el señor Gentleman, pensé con sarcasmo. Él no me había escrito, y me sentía muy desilusionada.
De la carta de Hickey cayó una fotografía, una foto de pasaporte que se había hecho para viajar a Inglaterra. Allí estaba, sonriente, feliz y muy seguro de sí mismo; justo como era él, salvo porque en la fotografía llevaba corbata y el cuello abrochado, mientras que en casa iba con la camisa abierta y se le veían los oscuros pelillos del pecho. No daba una con la ortografía. Decía que en Birmingham todo parecía «tisnado» y que «la gente va en manadas a todas partes y la cerveza vale el doble». Había conseguido un empleo como vigilante nocturno en una fábrica, así que se pasaba el día entero durmiendo. Me mandaba un giro postal de cinco chelines, y le di las gracias en voz alta varias veces, con la esperanza de que el agradecimiento viajara hasta él, allá en la negra Birmingham. Guardé el dinero para la fiesta de Todos los Santos.
Octubre transcurrió despacio. Las hojas cayeron, y bajo los árboles se formaban montículos de hojarasca, hojas pardas o blanquecinas con los bordes rizados. Hasta que un buen día vino un hombre, las amontonó y prendió una hoguera en uno de los extremos del jardín principal. Aquella tarde, cuando salimos a rezar el rosario, el fuego aún humeaba y la tierra despedía el nostálgico olor de las hojas quemadas. Tras el rosario, hablamos de la fiesta de Todos los Santos. "



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