El horizonte (fragmento)Patrick Modiano

El horizonte (fragmento)

"Ella no contestaba. Él lamentaba que aquel hombre no fuera Boyaval. Había albergado la esperanza de acabar con él de una vez por todas. Era una estupidez aquella amenaza en el aire, aquel individuo presente, pero invisible, que tenía aterrorizada a Margaret sin que ella le contase exactamente por qué. Él no le tenía miedo a nada. Al menos eso era lo que le repetía para tranquilizarla. Cuando uno ha tenido que vérselas desde la niñez con la mujer de pelo rojo y con el cura que había colgado los hábitos, ya no lo impresiona nadie. Se lo volvía a repetir a Margaret, ahí sentado en el banco del metro. Quería distraerla describiéndole a aquella pareja con la que aún tenía que verse cara a cara de vez en cuando al azar de alguna calle: el hombre con el pelo a cepillo, muy corto, las mejillas chupadas, la mirada de inquisidor; la mujer de barbilla trágica, siempre tan despectiva, con la chaqueta afgana… Margaret lo escuchaba y acababa por sonreír. Bosmans le decía que todo aquello no tenía gran importancia, ni aquellos dos sujetos que lo perseguían con su hostilidad sin que él supiera por qué y le pedían dinero siempre que se lo encontraban, ni Boyaval, ni nada. Podían irse de París de un día para otro, hacia nuevos horizontes. Eran libres. Ella asentía con la cabeza como si la hubiera convencido. Se quedaban sentados en el banco y dejaban pasar los metros.
Alguien le había cuchicheado una frase mientras dormía: lejano Auteuil, barrio encantador de mis grandes tristezas; y la anotó en la libreta, sabedor de que algunas palabras que oímos en sueños y que nos llaman la atención y nos prometemos no olvidar, no las recordamos al despertar, o no tienen ya ningún sentido.
Aquella noche había soñado con Margaret Le Coz, cosa que le sucedía muy pocas veces. Estaban los dos sentados en una mesa del bar de Jacques el Argelino, la mesa más próxima a la puerta de entrada, y esta estaba abierta a la calle, de par en par. Era media tarde, un día de verano, y a Bosmans le daba el sol en los ojos. Se preguntó si tenía la cara de ahora o la de los veintiún años. Seguramente la cara de los veintiún años, si no ella no lo habría reconocido. Todo estaba sumergido en una luz límpida, por la puerta abierta a la calle. Se le pasaron por la cabeza unas cuantas palabras, seguramente el título de un libro: Una puerta al verano. Sin embargo, a Margaret Le Coz la había conocido en invierno, un invierno muy frío que le había parecido interminable. El bar de Jacques el Argelino era un refugio en donde resguardarse de las tormentas de nieve y no recordaba que hubiera quedado nunca allí con Margaret en verano.
Comprobaba un fenómeno extraño: la claridad de aquel sueño iluminaba todo cuanto había sido real, las calles, las personas con las que Margaret y él habían coincidido juntos. ¿Y si aquella luz hubiera sido la auténtica, aquella en la que estaban sumergidos ambos en aquella época? Entonces, ¿por qué había llenado en aquel tiempo los dos cuadernos con una letra menuda en que se transparentaba una sensación de angustia y de asfixia?
Creyó que había dado con una respuesta: todo cuanto vivimos al día lleva la marca de las incertidumbres del presente. Margaret, por ejemplo, temía, cada vez que doblaba una esquina, darse de bruces con Boyaval; y Bosmans, con la pareja inquietante que lo perseguía —sin que supiera por qué— con su malquerencia y su desprecio y le habría registrado los bolsillos de buena gana si hubiera caído muerto ahí, en plena calle, con una bala en el corazón. Pero vistas de lejos, con la distancia de los años, las incertidumbres y las aprensiones que antes vivía uno en presente se han esfumado, como esa fritura que impide oír en la radio una música cristalina. Sí, cuando me acuerdo ahora, las cosas eran del todo como en el sueño: Margaret y yo, sentados uno enfrente de otro en una luz límpida e intemporal. Eso es, por lo demás, lo que nos explicaba aquel filósofo que nos encontramos una noche en Denfert-Rochereau. Decía: «El presente está siempre lleno de incertidumbres, ¿eh? Os preguntáis angustiados lo que será vuestro futuro, ¿eh? Y luego el tiempo pasa y ese futuro se convierte en pasado, ¿eh?».
Y, según hablaba, iba puntuando las frases con ese relincho cada vez más doloroso.
Cuando le preguntó a Margaret por qué había elegido una habitación en aquel barrio remoto de Auteuil, ella contestó:
—Es más seguro.
También él había buscado refugio casi en la periferia, al final del todo de La Tombe-Issoire, para escapar de aquella pareja agresiva que lo perseguía. Pero descubrieron sus señas, y su madre fue una noche a llamar con el puño a la puerta de su cuarto mientras el hombre esperaba en la calle. A la mañana siguiente, el barrio de La Tombe-Issoire y de Montsouris le pareció mucho menos seguro de lo que había creído. Miraba hacia atrás antes de entrar en el edificio y, al subir las escaleras, tenía miedo de que aquellos dos lo estuvieran esperando al fondo del pasillo, delante de la puerta de su habitación. Y luego, al cabo de unos días, ya había dejado de pensar en ello. Encontró otra habitación en el mismo barrio, en la calle de L’Aude. Afortunadamente hay que contar también, como decía el filósofo, con la despreocupación de la juventud, ¿eh? Había incluso días de sol en que Margaret no lo miraba ya fijamente con ojos preocupados. "



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