Un dandy en la corte del Rey Alfonso (fragmento)María Esther De Miguel

Un dandy en la corte del Rey Alfonso (fragmento)

"Tararea la cancioncilla el hombre perdido en la contemplación de ese paisaje, redondel sin acabo, según le escuchó decir a un poeta, monótono y ajeno a señales urbanas, en tanto su ánima divaga perdido en la ristra de recuerdos y el bochorno de la hora, cercana al mediodía, ya les dije. Qué tiempos. Y cuántas tramoyas. ¿Con esos hilos se hará la Historia?
El hombre viste como chacarero aunque para nada es chacarero. Debajo de su rústico ropaje puede presumirse al gentleman. Pero cualquiera podría preguntarse ¿qué puede estar haciendo, con su barba cuidada y caballeresca prestancia sentado allí, debajo de un viejo paraíso que parece defender la soledad de esa casa de paredes sin revocar y blancas de cal?
Por el momento, sólo recuerda. Sigue porfiando en aquel día de su llegada, unos años atrás cuando, al regreso de Europa, buscaba retomar el timón de negocios mal encarados. Las señales que había recibido eran alarmantes. No bien pisó tierra rioplatense, escuchó una copla que lo intrigó. Primero la oyó en el puerto, donde lo había ido a recibir su administrador, y después en la calle Florida, y después la leyó en Caras y Caretas:

Elévense hasta el cielo los hosannas
y el órgano sus grandes armonías
mezcle al himno triunfal de las campanas.
Pues ya volvió, según las profecías,
desde tierras lejanas, el Mesías.

¿A él se refería la coplilla? Acostumbrado como estaba a ser centro de noticias y novedades, ni tuvo tiempo de dudarlo, cuando la verdad se coló como rayito de sol entre visillos: no, no era por él que doblaban las campanas, sino por el doctor Carlos Pellegrini, ex presidente del país y hombre siempre sobre el tapete político. ¿Decepción número uno? Quizá.
De pronto, en el inmóvil horizonte, apenas si cortado por lejanas alambradas, el hombre ve perfilarse un jinete que primero es punto indeciso, y después sombra movediza, y luego esa cara flaca y cetrina que le grita desde la cercana tranquera:
-Buenas patrón... -mientras le pide la venia para pasar, y después para apearse, y enseguida le alarga un paquete en tanto le dice-: Los diarios, don.
Los diarios, único lazo que aún lo mantenía unido a lo demás, al mundo. Porque si a algunos los traga la muerte, y a otros el desierto o el monte, a él lo había engullido la Pampa.
De modo que el hombre abrió el paquete donde venían los periódicos de la semana (puesto que hasta ese rincón alejado ni en sueños llegaban diariamente), y estaba a punto de ponerse a leerlos con la indiferencia con que acataba, desde hacía algunos años, los vaivenes de la vida, cuando recapacitó, ileso su don de gente pese al primitivismo del entorno, que debía cumplimentarse al hombre que había andado kilómetros para servirlo. "



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