Un muchacho de buen temple (fragmento)Bjornstjerne Bjornson

Un muchacho de buen temple (fragmento)

"Oeyvind consultaba el reloj, y antes de la hora no podía aguantar ya en el cuarto. Emprendió la cuesta, permaneció parado en la cima y miró alrededor. La casa se veía al pie del monte, las matas que le ceñían, lo mismo que el bosque joven, se veían más altos; conocía árbol por árbol. Oteó el camino que rodeaba el monte y llegaba a la entrada del bosque, un camino adusto, descolorido; pero lucía el bosque de los diversos tonos vegetales; altos, esbeltos, se erguían los troncos; un barco con las velas lacias se recortaba en la pequeña bahía cargado de tablas de madera, esperando el viento propicio. Dirigió su mirada al agua, la que le había llevado y hoy le devolvía al hogar; quieta y transparente, unas aves marinas volaban por encima de ella, pero sin voz, pues el día declinaba. El padre salía del molino y se quedó un rato parado en la escalera exterior; como el hijo, miró hacia el agua y bajó hasta la rompiente para llevar a tierra el bote antes de que oscureciese del todo. La madre salió de la cocina, que tenía acceso por la parte frontera del edificio, y mientras entraba en el gallinero el grano para las aves miró hacia arriba de la colina, miró al firmamento, y tarareó unas notas. Oeyvind se había sentado en una orilla, pero tan ásperas eran las matas que no podía ver a través de ellas; estaba atento al menor ruido. El vuelo de algún pájaro estuvo a punto de engañarle; saltó una ardilla de un árbol a otro. De pronto le llamó la atención un roce que se oía no muy lejos; luego el silencio, y luego el mismo ruido; se levantó, oía los latidos de su corazón, y la sangre se le agolpaba en la cabeza. Se movieron los arbustos más cercanos y apareció un gran perro, que se quedó parado, sosteniéndose sobre tres patas, mirándole. Era el perro de los Brezales de Arriba. Detrás de él vuelve a agitarse el arbusto, el perro mueve la cabeza y agita el rabo. Y llega Marit.
Se le había enredado la falda en la maleza y se ladeó para arreglarla. Llevaba la cabeza destocada, con el pelo peinado alto, como suelen las jóvenes noruegas en los días laborables; el corpiño era de un paño recio y sin mangas, y rodeaba su garganta un pañuelo doblado de lienzo. Venía, sin tiempo de ponerse otras ropas, con las mismas de la labor. Le miraba con la cabeza un poco ladeada, y sonreía, de un blanco deslumbrante los dientes pequeños, y llenos de luz los ojos, entre los párpados medio cerrados. Un poco aturdida en los primeros momentos, pellizcaba la falda, pero pronto se adelantó, a cada paso más sonrojada. Él dio unos pasos y le cogió la mano, ella miraba al suelo, y así estuvieron un rato frente a frente. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com