Peter Camenzind (fragmento)Hermann Hesse

Peter Camenzind (fragmento)

"En Rapallo nadé por vez primera en las aguas del mar, gusté la áspera agua salada y me abismé en las delicias de sentirme mecido por las olas y besado por los rayos del sol sobre la arena fina de la playa. Contemplé en la lejanía el paso de los barcos, velas blancas y obscuros mástiles o la bandera de humo de un vapor, y después de mis queridas nubes; no sé ninguna imagen que refleje con tanta fidelidad el anhelo de viaje y de lejanía, como un barco que poco a poco, se va empequeñeciendo, hasta desaparecer por completo tras la línea del horizonte.
Y llegamos a Florencia. La ciudad era tal como yo la había visto ya en cien cuadros y mil sueños: luminosa, extensa, cruzada por el río de aguas verdes y rodeada de un cinturón de colinas. La torre atrevida del Palazzo Vecchio parecía querer horadar el azul del cielo y todas las colinas circundantes tenían los colores blanco y rojo de la flor de sus árboles frutales. La vida toscana, con su animación y su inocencia, me pareció al principio una maravilla y luego me hallé en ella mucho más a gusto que si estuviera en mi propia casa. Perdíamos los días vagando por iglesias, plazas, callejas, logias y mercados y por las noches soñábamos en los jardines de las colinas, donde ya florecían los limoneros o en las pequeñas tabernas donde se servía el chianti. También pasamos horas inolvidables en los museos, en los conventos, en las bibliotecas y en las sacristías y tardes de eterno recuerdo en Fiesole, San Mimato, Settignano y Prato.
Tras un atinado concierto entre los dos, dejé a Richard por espacio de una semana y recorrí, solo como en los años de mi juventud, toda la ondulada campiña de Umbría. Seguía las huellas de San Francisco y en muchas ocasiones me pareció que el santo caminaba a mi lado, llena el alma de desbordante amor por cada pájaro, por cada arroyo, por cada rosal silvestre de los que crecían en las lindes del camino. Atravesé los pueblos claros y alegres, haciendo noche unas veces en ellos y otras andando hasta la salida del sol, en que caía rendido en un prado y dormía hasta bien entrada la tarde. Anduve cantando y sintiendo en mi interior toda la poesía de aquellos días. Festejé la Pascua en el mismo Asís, asistiendo a los oficios religiosos en la propia iglesia de mi amado santo.
Recuerdo con nostalgia aquella semana pasada en alegre caminar y me parece que los ocho días fueron coronación y crepúsculo de mi juventud. Cada día elevaba un himno de gracias al Señor por haber puesto en la tierra a las flores, a la hierba, al agua de los arroyos y de las fuentes y contemplaba el paisaje primaveral creyendo estar mirando en los propios ojos de Dios.
Si dediqué los días de mi recorrido por Umbría para reverenciar el recuerdo de Francisco de Asís, el «músico de Dios», en Florencia disfruté del constante recuerdo de la vida del Quatrocento. Ya en Zurich había escrito algunas sátiras sobre la forma de nuestra existencia actual, pero en Florencia me di cuenta por vez primera de toda la risible ridiculez de nuestra moderna cultura. Y también allí me acometió la sospecha de que acaso mí sino fuera ser durante toda mi vida un extraño para aquella sociedad a la que pertenecía. Y entonces sentí despertar en mí el deseo de la huida y durante unos días estuve tentado de quedarme en el Sur. Allí podía departir libremente con los hombres, allí alegraba mi ánimo la franqueza y la serenidad de la existencia, sobre la que resplandecía la tradición de una cultura y una historia clásicas.
Las semanas transcurrieron raudas y los últimos días de nuestra permanencia en Italia fueron melancólicos hasta para el propio Richard. Arrogantes y gozosos apuramos hasta la última gota de belleza y placer. Recorrimos el campo en todas direcciones y trabamos amistad con venteros, con monjes, con muchachas campesinas y modestos curas de pueblo, merendamos con las sencillas gentes de las aldeas, comimos pan y fruta con cualquier rapaz requemado y contemplamos las alturas de Toscana bañadas por la luz incomparable de la primavera, con el mar de Liguria como fondo azul e inamovible. Y ambos tuvimos entonces el mismo sentimiento de fortaleza, sintiéndonos capaces de abandonar aquella molicie feliz para salir al encuentro de una nueva vida. Trabajo, lucha, placer y gloria eran cosas que nos parecían tan cercanas y seguras que degustábamos los días felices sin ninguna prisa. Tampoco sentíamos angustia ante la cercana separación, que nos parecía fácil y transitoria, pues sabíamos con mayor seguridad que antes que nos éramos necesarios el uno al otro y que los dos teníamos nuestra existencia segura. "



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