El regreso (fragmento)Alistair MacLeod

El regreso (fragmento)

"A medianoche levantó los ojos hacia el reloj de neón de Coca-Cola y cayó en la cuenta, con un tenso vacío en las tripas, de que ya se había quedado demasiado tiempo y que quizá se hubiera perdido para siempre. Bajó los ojos y enseguida levantó de nuevo la vista, con la esperanza más bien desesperada, en un segundo intento, de pillar desprevenido al reloj y ver las manecillas en otra hora, a las nueve o las diez quizá, pero no sirvió de nada. Estaban ahí, perfectamente verticales, como una rígida flecha acusatoria que pareciera condenar con su rigidez, con su rigor, todo lo que en el mundo no fuera tan recto, tan severo como ellas.
Al principio se sintió enfermo, los brazos entumecidos del todo, hasta las muñecas y los dedos, como le había ocurrido la vez en que se quedó inconsciente durante un partido de fútbol en el instituto. Movió los hombros bajo la camisa en un intento de quitarse el frío; se pasó la lengua con nerviosismo sobre los labios, desplazó la mirada desde la mesa de billar hasta los hombres que sujetaban los tacos y luego la posó en los listones de madera negruzca que enmarcaban el espacio de la mesa. Había tres cuartos de dólar sobre la madera, indicando que aún quedaban por jugar tres contrincantes. Y miró entonces el verde suave y aterciopelado de la mesa, que lo conminaba, pensó, como si fuera la tierra de los comedores de loto, y por fin miró el negro mate de la bola ocho y la blancura de la bola de golpeo, el bien y el mal, pensó, que paradójicamente florecían en el verdor de esa llanura. Estaba en su primera partida de verdad, que de algún modo incomprensible se había convertido en una serie de partidas, una maratón que había empezado a las ocho, hora a la que se detuvo, con los libros en la mano, a la entrada del local, y que se prolongó sin cesar, fugaces las horas de la noche con la rapidez y la irrealidad de un sueño, esa clase de sueños que a uno le atrapan en una red delicada y extensible, si bien una parte de uno sabe que no lo recordará por la mañana, si bien se desconoce si esa sensación es de éxtasis o de dolor, o si el despertar será la victoria o la derrota, si uno se ha salvado para siempre o si es para siempre la condena.
—Eh, chico, ¿es que te vas a pasar toda la noche esperando? Te lo digo porque yo no tengo todo ese tiempo.
Se movió con un sobresalto, saliendo del sueño pero no del todo.
—El agujero de la esquina —dijo indicándolo con un movimiento del mentón.
Empuñó el taco, se inclinó sobre la mesa, alzó el pie derecho y sintió la presión del cinturón en el estómago y la madera renegrida contra los testículos. Tuvo entonces la sensación de la madera pulida del taco que se deslizaba exacta entre sus dedos, y vio la bola ocho, golpeada con toda suavidad, rodar en silencio sobre el campo de verde hasta desaparecer ante sus ojos, para oírla acto seguido rodar ruidosamente por algún canal oculto bajo la mesa, camino del encuentro con sus antecesoras en un inframundo tenebroso. Vio entonces el verde billete de un dólar aletear sobre la mesa ante sus ojos, y antes de que pudiera metérselo en el bolsillo, alguien introdujo uno de los cuartos de dólar en la ranura para librar a las bolas de su caverna y se dispuso a colocarlas dentro del triángulo. Pasaba de la medianoche, y sabía que se estaba retrasando demasiado.
Había estado fuera de casa desde las ocho de la mañana, cuando echó a caminar bajo el sol de principios de octubre con los libros bajo el brazo. Ahora veía los libros apilados junto a la puerta, al extremo del banco estrecho y pegado a la pared. Estaban cubiertos, a modo de defensa, por su chaqueta. Bajo la manga vio el de álgebra, el de geometría, forrado de rojo, en el cual había apuntado sus notas, sobre todo nueves, y el de literatura, cuyos poemas se había aprendido casi por completo de memoria. Parecían incongruentes en aquel ambiente; tuvo el vago deseo de que alguien los tapase mejor, para protegerlos y protegerse también él, quizá, de las preguntas que le hacían y de las que los hombres podrían hacerle al respecto. Con nerviosismo, desplazó la mirada por la sala, que más parecía un cañón encajonado. Era larga y estrecha; a duras penas vislumbraba el otro extremo, el neblinoso rótulo de salida, por el humo del tabaco que parecía suspendido en capas superpuestas, en el aire estancado y corrompido. Una barra larga y desigual recorría casi en su totalidad la longitud del local; arrancaba desde cerca de la mesa de billar y se prolongaba, como las guías de un ferrocarril de vía estrecha, sin durmientes, hacia el lejano escenario donde dos guitarristas y un batería sudaban bajo los focos de luces cambiantes y atacaban la densidad del aire con la vibración y el desconsuelo, con la potencia que tiene el sonido de Nashville. "



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