La historia inmortal (fragmento)Karen Blixen

La historia inmortal (fragmento)

"El último día de su vida, se decía, Monsieur Dupont había reunido a su dulce y encantadora esposa y a sus hijos, jóvenes y vivarachos. Dado que toda su desventura, según les confesó, arrancaba del instante en que puso los ojos en el rostro del señor Clay por primera vez, les hizo prometer solemnemente que no volverían a mirar más aquella cara en ningún lugar y bajo ninguna circunstancia. También se decía que momentos antes de abandonar la casa, de la que se sentía orgulloso, quemó o destruyó cuantos objetos artísticos contenía, afirmando que ningún objeto creado para embellecimiento de la vida consentiría jamás en convivir con el nuevo dueño de la casa. Pero dejó en todas las habitaciones los altos espejos de marco dorado traídos de Francia, que hasta ahora habían reflejado sólo escenas alegres y afectuosas, diciendo que sería un castigo para su asesino el encontrarse, allá adonde se volviera, con el retrato del verdugo.
El señor Clay se instaló en la casa; y se sentaba a cenar a solas, cara a cara con su retrato. No es seguro que llegara a darse cuenta de la falta de amigos a su alrededor, dado que el concepto de amistad jamás formó parte del esquema de su vida. Si se hubiesen dejado las cosas enteramente a su arbitrio las habría ordenado de la misma manera; es natural que las valorase tal como eran, porque él las quería precisamente así. Poco a poco, en su carrera de nabab, el señor Clay había llegado a tener fe en su propia omnipotencia. Otros importantes mercaderes de Cantón tenían la misma fe en ellos mismos; y, como el señor Clay, la tenían porque desconocían esa parte del mundo situado al exterior de la esfera de su poder.
A los setenta años, el señor Clay cayó enfermo de gota, y durante mucho tiempo estuvo casi paralítico. Los dolores eran tan intensos que no podía dormir, y las noches le parecían infinitamente largas.
Y sucedió que una de esas noches, a hora avanzada, uno de los jóvenes escribientes del señor Clay fue a su casa con un mazo de cuentas que había estado revisando. El anciano, desde la cama, le oyó hablar con los criados, le mandó llamar y le hizo repasar con él los libros de contabilidad. Cuando empezó a amanecer descubrió que esa noche había transcurrido menos lentamente que las demás. Así que a la noche siguiente volvió a llamar al joven escribiente, y le mandó que le leyera otra vez los libros. "



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