Underground (fragmento)Haruki Murakami

Underground (fragmento)

"El 20 de marzo salí de casa treinta minutos antes de lo normal. Había un asunto que quería solucionar antes de ir al trabajo. Era la semana de presentación de la nueva temporada y tenía que hacerme cargo de muchos pequeños detalles. Una de nuestras responsabilidades es calcular los gastos e ingresos a fin de mes. Nos movemos con un presupuesto muy ajustado y, si no cuadra, deben replantearse las cosas. Tenía una semana para hacer números antes de llevarlos a la oficina central y presentarlos en una reunión.
El 20 de marzo fue precisamente el día en el que mi mujer dejó la empresa. Había trabajado durante seis años como editora en una revista de publicidad. Un puesto muy exigente que la consumía poco a poco. Quería dejarlo desde hacía tiempo para establecerse por su cuenta. Además, era su cumpleaños, por eso recuerdo los acontecimientos de aquel día con tanta claridad.
Siempre me subo al primer vagón. De esa manera me queda mejor la salida más próxima a la tienda del edificio Hanae Mori, en Omote-sando, pero me subo por la tercera puerta porque en las otras dos hay demasiado movimiento. Aquel día hice el trayecto sentado desde Shin-ochanomizu. Me había levantado pronto y quizá por eso estaba reventado. Cuando vi el asiento libre, pensé: «¡Qué alivio, menos mal!». Me senté y me quedé dormido al instante. Me desperté en Kasumigaseki, cuatro paradas después, por las ganas de toser. También había un olor extraño. Muchos pasajeros se cambiaron de vagón por la puerta interior.
En cuanto abrí los ojos vi a uno de los empleados de la estación con su uniforme verde que entraba y salía del vagón. El suelo estaba empapado. Yo me hallaría a unos cinco metros de aquella cosa. La persona que lo había derramado debía haber bajado en la estación de Shinochanomizu. En cualquier caso, estaba dormido y no vi nada. La policía me preguntó una y otra vez, pero si no lo vi, no lo vi. Supongo que me consideraron sospechoso. Me dirigía a Aoyama y el cuartel general de Aum está precisamente allí.
El tren continuó hasta la siguiente estación, Kokkai-gijidomae, donde nos obligaron a bajar a todos. Me dolía el cuerpo entero. Tosía, no podía respirar... A mi lado había gente que ni siquiera se podía mover. Entraron varios empleados del metro para levantar a una mujer de unos cincuenta años que no se movía. En el vagón habría unas diez personas en total. Algunos se tapaban la boca y la nariz con un pañuelo, pero no tosían.
«¿Qué está pasando aquí?», me pregunté. Tenía que ir a trabajar, tenía una larga lista de cosas por hacer. Salí a toda prisa. No sabría decirle cuánta gente habría allí. Los encargados de la estación se hacían cargo de los que estaban en peor estado. Calculo que serían unos cincuenta en total. Dos o tres estaban completamente inmóviles; otros, tumbados en el suelo del andén.
Puede parecer extraño, pero no sentí ninguna tensión. Estaba mal, tomaba aire y a pesar de todo no conseguía respirar. Tenía la sensación de que me ahogaba, pero como aún podía caminar, pensé que no era tan grave. En lugar de quedarme con el grupo de heridos, tomé el siguiente tren, que llegó enseguida. Tan pronto como subí, me empezaron a temblar las piernas, se me nubló la vista, parecía como si se hubiera hecho de noche. «¡Maldita sea!», pensé, «tendría que haberme quedado con los demás.»
Nada más llegar a la estación de Omote-sando me dirigí a un empleado y le dije: «No sé por qué, pero me encuentro muy mal... ¿Ha ocurrido algo?». Me contestó que se había producido una explosión en Hatchobori. «En mi tren también olía a algo raro», le dije. Me aseguró que habían derramado gasolina o algo por el estilo. Obviamente, era una información errónea. Insatisfecho con su aclaración, me dirigí al jefe de estación para explicarle de nuevo lo que me pasaba. Apenas veía nada. No tenían noticias de Omote-sando. Su única respuesta fue: «¿Por qué no se sienta un rato? ¿Quiere beber algo frío?». Fue muy amable, pero evidentemente no tenía ni idea de lo que pasaba.
«Esto no tiene sentido», pensé. Renuncié a mi propósito de informarme y me dirigí a la salida. Hacía una mañana estupenda, despejada por completo, pero de total oscuridad para mí. La cosa no pintaba bien. Fui al hospital que está cerca de la oficina, pero no pude contarles lo que me pasaba. «Probablemente se trata de una emergencia. Acabo de salir del metro y...» Les expliqué detalladamente hasta donde pude, pero no me atendieron. Llamé a la oficina para decir que me encontraba mal. Iba a llegar tarde. Esperé tres horas. ¡Tres horas en las que no hicieron nada! Cada vez me costaba más trabajo respirar, la vista se me debilitaba... Estaba fuera de mí. Llamé incluso a la Autoridad del Metro para que me dieran alguna explicación. Eran ellos, después de todo, los que se habían ocupado de las víctimas. Me preguntaba qué habría sido de ellos. No pude comunicar con nadie. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com