Himno del ángel parado en una pata (fragmento)Hernán Rivera Letelier

Himno del ángel parado en una pata (fragmento)

"Hacía dos noches que estaba durmiendo con la cabecera puesta para los pies. Una rata enorme, fláccida, fosforescente, había resbalado desde el muro de la iglesia la noche anterior cayéndole en pleno rostro. La había sentido pesada como un gato. De modo que ahora, antes de estirar la mano en la oscuridad, titubeó un instante sin saber bien de qué lado estaba el velador. Cuando se hubo situado, tanteó los fósforos, raspó uno y encendió la vela.
Herido por la trémula luz de la llama que pobló de ángeles amarillos el clima de la pieza misérrima, se quedó un momento sentado en la cama. Somnoliento, manoteando en su memoria como a través de pegajosos visillos de gasa, Hidelbrando del Carmen trató de recordar lo que había soñado. Como secuencias de una sinopsis de película vieja, las difusas escenas del sueño le fueron llegando en fogonazos cortos y desordenados. Eran imágenes de una salitrera paralizada —de eso estaba cierto—, uno de los tantos pueblos fantasmas que poblaban los alunados valles de la pampa. Confusamente le parecía que de nuevo se trataba de Algorta. Y ahí, bajo un sol yerto, en medio de esa soledad como de planeta abandonado, alguien golpeaba una puerta con desesperación.
«Parece que están golpeando...», recordó que decía su madre, clamando al Señor en voz alta cada vez que despertaba a medianoche inquieta por algún mal sueño.
Junto a la palmatoria, sobre las hojas de la Biblia abierta en el libro de los Salmos, brillaba el reloj de pulsera del hermano Tenorio López. Lo alcanzó. Eran exactamente las cinco de la madrugada. A sus trece años de edad ya le estaba comenzando a funcionar el despertador biológico de los ancianos. El de su padre era de una precisión suiza.
Con sus sentidos aún aletargados, tendiéndose de espaldas en el colchón lleno de tulucos, introdujo con torpeza los pies en los pantalones de mezclilla y los bajó al suelo desganadamente. Sus calcetines de color naranja, los únicos que tenía, yacían apelotonados junto a sus zapatos como dos crisantemos resecos. Con la cara apoyada entre las manos, atraída su vista por el tono encendido de los calcetines, se los quedó contemplando un rato sin verlos. Lo más terrible del sueño había sido lo candente de ese sol infernal y la desesperación infinita con que él golpeaba la puerta. Porque ahora tenía la sensación cierta de que los escombros del sueño eran de la oficina Algorta y que era él ese espectro vestido de negro, con un raído traje fuera de época, que golpeaba afanosamente la puerta.
«Parece que están golpeando...», repitió para sí en voz baja. Y pensó en el poder de premonición que poseía su madre. Recordó una noche, en Algorta, cuando el tronar de un dinamitazo sacudió fuertemente las calaminas y despertó a todos en casa. «Se mataron los amantes», dijo su madre acongojada. Y los amantes, dos jóvenes —él, alto y moreno; ella, pequeña y rubia— que tres días antes habían aparecido por la oficina en busca de trabajo y, sin tener dónde vivir, no habían hecho más que pasearse abrazados y silenciosos por las calles del campamento, se habían suicidado. Junto a la línea del tren, el hombre se ató un cartucho de dinamita en la correa, con el pucho de su último cigarrillo (así lo había imaginado él muchas veces) encendió la guía, le dijo a ella que la amaba y la abrazó fuerte. En el instante de la explosión ambos lloraban.
Para espantar la modorra y ese vértigo de inquietud que le comenzaba a ganar el espíritu, en un brusco arrebato de energía, tomó los calcetines apelotonados y los sacudió fuertemente contra una pata del catre. Ambos mostraban grandes agujeros en los talones. Se los puso como si nada; para él era lo mismo que si los vendieran con agujeros. Se calzó los zapatos con hebillas —los coléricos como les llamaban sus amigos—, tomó la palmatoria desde la mesita de luz, la puso en una esquina del peinador y de un tarro vació agua en el lavatorio para lavarse la cara.
Hidelbrando del Carmen vivía en la temible población Lautaro, uno de los últimos conjuntos de casas enclavadas en el lado norte de la ciudad y reducto inexpugnable de la famosa pandilla de los Robert Taylor. Su casa se levantaba en el patio de la iglesia evangélica pentecostal. Se trataba de una casucha arrimada al muro posterior del templo, construida enteramente de tablas y latas, y dividida en dos por un tabique de sacos. Por dentro estaba toda empapelada con hojas de El Mercurio, menos el abrupto muro de la iglesia: allí, por lo arenoso del cemento, el engrudo no pegaba. Para el proceso de empapelamiento, Hidelbrando del Carmen se había dado el trabajo de escoger las puras páginas que traían impresa la sección de «Las mejores historietas». De modo que si quería podía pasearse a través de toda la casa leyendo las divertidas tiras cómicas de Don Fausto, Pato Donald, Carozo Pimienta, Pepita, Rip Kirby y El Fantasma.
En la parte que hacía de comedor, había una gran mesa de tablones flanqueada por dos bancas largas. En un rincón se veía una estufa a parafina puesta sobre un cajón de té y, junto a la puerta, un aparador repleto de loza, servicios de mesa y toda clase de utensilios de cocina. El aparador era un antiguo mueble de pino Oregón semiempotrado en el endurecido piso de tierra. Algunas noches, Hidelbrando del Carmen despertaba sobresaltado en la oscuridad de su dormitorio al oír que el pesado mueble se tumbaba y caía en un apocalíptico estropicio de cristal quebrado y loza hecha añicos; al día siguiente lo hallaba intacto.
Como único adorno de este cuarto, colgaba la clásica reproducción de las dos niñas columpiándose en la floresta; una con un ramo de camelias blancas en el regazo y la otra acariciando un minino de lazo celeste; ambas turbadoramente descalzas (esta reproducción él la había visto en el comedor de la mayoría de las casas de la oficina cuando los domingos recorría el campamento vendiendo empanadas de horno). Ensartado del clavo de abajo del cuadro, pendía un calendario del año anterior con cromos religiosos inspirados en pasajes bíblicos que él conocía casi de memoria. "



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