Una vida (fragmento)Guy de Maupassant

Una vida (fragmento)

"Una brisa leve y continua venía de alta mar, pegada a la superficie del agua y rizándola. Izaron la vela, que se abultó un tanto, y la barca zarpó apaciblemente, apenas acunada por las aguas.
Lo primero que hicieron fue alejarse de la costa. En la línea del horizonte, el cielo descendía hasta fundirse con el océano. Hacia tierra, el acantilado, alto y cortado a plomo, proyectaba de trecho en trecho una ancha sombra sobre su parte baja; unas laderas herbosas muy soleadas abrían brechas en él. Allá, a espaldas de los viajeros, unas velas pardas zarpaban del blanco espigón de Fécamp; y veían lejos, de frente, una roca de forma extraña, redondeada y horadada, que recordaba la silueta de un elefante gigantesco cuya trompa se hundiera en las olas. Era la «puerta pequeña» de Étretat.
Jeanne, aferrando la borda con la mano, un poco aturdida por el balanceo de las olas, miraba a lo lejos; y le parecía que en la creación sólo había tres cosas hermosas: la luz, el espacio abierto y el agua.
Todos iban callados. El tío Lastique, que llevaba el timón y la escota, bebía de vez en cuando del gollete de una botella que tenía escondida bajo su banco; fumaba sin parar un muñón de pipa que parecía no apagarse nunca y soltaba un incesante hilillo de humo azul; otro igual le brotaba al marinero de la comisura de los labios. Nunca se lo veía encender de nuevo la cazoleta de arcilla, más negra que el ébano, o llenarla de tabaco. A veces la asía con una mano, se la apartaba de los labios y, por la misma comisura por la que soltaba el humo, lanzaba a la mar un copioso escupitajo de saliva parda.
El barón iba sentado a proa, vigilando la vela y haciendo las veces de un tripulante. Jeanne y el vizconde se sentaban juntos, algo turbados ambos. Un poder desconocido forzaba el encuentro de sus ojos, que alzaban al tiempo como si los avisara una afinidad, pues flotaba ya entre ellos esa sutil e inconcreta ternura que tan poco tarda en nacer entre dos jóvenes cuando él no es feo y ella es guapa. Esa vecindad los hacía sentirse dichosos, quizá porque ambos iban pensando en el vecino.
El sol subía poco a poco, como si quisiera contemplar desde mayor altura la anchurosa mar que se extendía abajo; pero esta, como con coquetería, se envolvió en una bruma ligera que le servía de velo contra los rayos del sol. Era una neblina transparente, muy baja, dorada, que no ocultaba nada pero difuminaba los detalles alejados. El astro lanzaba sus inflamados dardos y deshacía así la brillante nube; cuando alcanzó su ardor máximo, el vaho se evaporó y la mar, lisa como una luna, empezó a espejear bajo la luz.
Jeanne, muy emocionada, dijo a media voz:
—¡Qué hermosura!
Y el vizconde respondió:
—Sí, es muy hermoso.
La serena claridad de aquella mañana hacía que se alzara en sus corazones algo semejante a un eco.
Y, de pronto, divisaron los elevados arcos de Étretat; era como si el acantilado tuviera un par de piernas para ir caminando por la mar, tan largas que servían de portal a los barcos. Y una aguja puntiaguda de piedra blanca se erguía ante el primero de esos arcos.
La barca se acercó a la orilla; y mientras el barón, que había desembarcado antes que los demás, la sujetaba tirando de una cuerda, el vizconde cogió en brazos a Jeanne para dejarla en tierra sin que se le mojasen los pies; luego, subieron juntos por la dura faja de guijarros, turbados ambos por aquel rápido abrazo, y oyeron, de pronto, que el tío Lastique le decía al barón:
—Me parece a mí que no harían mala pareja.
Fue muy grato el almuerzo, que tomaron en una posada pequeña próxima a la playa. El océano, al embotarles la voz y los pensamientos, los había obligado a guardar silencio; la mesa los volvió locuaces, tan locuaces como unos colegiales de vacaciones.
Las cosas más sencillas provocaban interminables regocijos.
Al sentarse a la mesa, el tío Lastique metió con esmero la pipa, humeante aún, en la boina; y todos se echaron a reír. Una mosca, a la que llamaba sin duda la atención la nariz encarnada del marinero, acudió una y otra vez a posarse en ella; y, cuando este la ahuyentaba de un manotazo sin ser lo bastante rápido para atraparla, iba a apostarse en un visillo de muselina, que muchas de sus hermanas habían mancillado ya, y parecía acechar con avidez las encendidas napias, pues, a poco, volvía a alzar el vuelo para aposentarse en ellas.
A cada viaje del insecto todos soltaban el trapo. Y cuando el viejo, al que fastidiaba aquel cosquilleo, dijo a media voz: «¡Pero qué tozuda!», Jeanne y el vizconde lloraron de risa, desternillándose y tapándose la boca con la servilleta para no gritar.
Después del café, Jeanne dijo:
—Podríamos ir a dar un paseo.
El vizconde se puso en pie; pero el barón prefería tomar el sol en los guijarros como un lagarto.
—Id vosotros, hijos; aquí me encontraréis dentro de una hora.
Cruzaron en línea recta entre las escasas chozas de la comarca, y, dejando atrás una casa solariega pequeña que parecía una alquería grande, llegaron a un valle abierto, que se extendía ante ellos.
El balanceo de las olas los había desmadejado, alterando su acostumbrado equilibrio; la brisa salina de la mar abierta les había despertado el apetito; luego, el almuerzo los había aturdido y la risa los había puesto nerviosos. Ahora se sentían un tanto alborotadores, con ganas de correr como locos por el campo. A Jeanne, soliviantada por la rápida sucesión de aquellas sensaciones nuevas, le zumbaban los oídos.
Caía un sol feroz. A ambos lados del camino, el calor encorvaba las cosechas maduras. Había tantas cigarras como briznas de hierba, y se desgañitaban, esparciendo por doquier, entre el trigo y el centeno, entre los juncos marinos de la costa, su canto agrio y ensordecedor. "



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