Federico García LorcaIan Gibson

Federico García Lorca

"El día en que Flores llevó a Lorca a conocer a Hart Crane, después de comer juntos en un restaurante de Chinatown muy frecuentado por Federico, el poeta norteamericano estaba, efectivamente, rodeado de marineros borrachos. Crane, aunque le gustaba lo hispánico, no hablaba español, y Flores tuvo que hacer de intérprete al principio. Parece ser que luego los dos poetas se entendieron en francés. Flores se dio cuenta en seguida de que Crane y Lorca tenían mucho en común, empezando por la afición de ambos a los navegantes. El portorriqueño se despidió, quedándose Federico. Crane bromeaba con un grupo de marineros, y Lorca hacía lo propio en medio de otro.
Sobradamente conocida es la fascinación que ejerce entre los homosexuales el arquetipo del marinero. Para el poeta fue, posiblemente, su primer encuentro con un mundo que sería tantas veces reflejado en sus poemas y, sobre todo sus dibujos, en no pocos de los cuales aparecen bellos marineros alternando en un ambiente cargado de alcohol y sexo.[196] En los versos neoyorquinos el yo poético expresa más de una vez una empatía casi pessoana para con la gente del mar. En «Paisaje de la multitud que vomita», por ejemplo, fechado 29 de diciembre de 1929:
La mujer gorda venía delante con las gentes de los barcos y de las tabernas y de los jardines.
El vómito agitaba delicadamente sus tambores entre algunas niñas de sangre que pedían protección a la luna.
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!
Esta mirada mía fue mía, pero ya no es mía.
Esta mirada que tiembla desnuda por el alcohol y despide barcos increíbles por las anémonas de los muelles.
Me defiendo con esta mirada que mana de las ondas por donde el alba no se atreve.
Yo, poeta sin brazos, perdido entre la multitud que vomita, sin caballo efusivo que corte los espesos musgos de mis sienes.
No sabemos si Crane y Lorca volvieron a encontrarse. Curiosamente, el poeta norteamericano seguiría —probablemente sin saberlo— al granadino a Cuba, donde, dos años después se suicidaría tirándose al agua. Pero, aunque aquel encuentro jamás se repitiera, parece probable que en algunos poemas neoyorquinos de Lorca hay una influencia, no tanto de la obra de Crane sino de la impresión que recibió del hombre: de su desesperación, del ambiente en que se movía, de su visión de una América libre, muy diferente de la dura realidad de 1929. También es posible que la admiración que compartían ambos poetas por Walt Whitman fuera tema entre ellos de conversación; admiración que, por lo que respectaba a Crane, pudo comentar León Felipe con Lorca, ya que el errante zamorano conocía bien la obra del poeta de Brooklyn y la tenía en alta estimación.[198]
En cuanto a la exploración temática por parte de Lorca del amor homosexual, el soneto «Adán», fechado en Nueva York el 1 de diciembre de 1929, es un mínimo anticipo de la gran Oda a Walt Whitman probablemente terminada —no sabemos cuándo se empezó— seis meses después. El soneto evoca el nacimiento de Eva del costado de Adán, quien sueña ya con su progenie, con «un niño que se acerca galopando / por el doble latir de su mejilla». Luego el segundo terceto hace una inesperada revelación:
Pero otro Adán oscuro está soñando neutra luna de piedra sin semilla donde el niño de luz se irá quemando.
Estamos ante un desdoblamiento típicamente lorquiano, equiparable a los que se encuentran con tanta frecuencia en sus dibujos. El «otro Adán oscuro» —en este contexto la significación del adjetivo no parece dejar lugar a dudas— no sirve para la procreación, ni la quiere. El «yo poético» de este soneto sabe que nunca será padre.
Los amigos españoles de Lorca en Nueva York han transmitido poquísima información de relevancia biográfica acerca de la estancia del poeta en la ciudad. Las anécdotas de Dámaso Alonso, por ejemplo, aunque divertidas, carecen de trascendencia.
José Antonio Rubio Sacristán, eso sí, ha recordado la profunda angustia experimentada por Lorca en Nueva York —angustia compatible con el éxito social del poeta y el deslumbramiento que allí le producía el fenómeno negro—, así como el recato con que vivía su vida privada («Federico era muy misterioso en sus cosas»). Rubio Sacristán, a quien Lorca le había hablado de sus depresiones y de su «amargura» en una carta del verano de 1928, estaba al tanto de la atormentada homosexualidad del poeta y de su relación con Emilio Aladrén. Después de ganar unas oposiciones a cátedra en España, había viajado a Nueva York a finales de octubre, llegando, a bordo del Bremen, justo en el momento del crac de la Bolsa. Se matriculó luego en Columbia para ampliar libremente sus estudios de Económicas e Historia Económica, y veía con frecuencia a Lorca.
Al poco tiempo de llegar a Nueva York, Federico, de la mano de su amigo Campbell Hackforth-Jones, había conocido Wall Street y la Bolsa —entonces eufórica—, y describió para su familia, en la segunda semana de agosto, una de sus varias visitas con el inglés al barrio financiero de la metrópoli. Como a Paul Morand por las mismas fechas, el espectáculo de aquel mundo le había dejado boquiabierto:
Es el espectáculo del dinero del mundo en todo su esplendor, su desenfreno y su crueldad. Sería inútil que yo pretendiera expresar el inmenso tumulto de voces, gritos, carreras, ascensores, en la punzante y dionisíaca exaltación de la moneda. Aquí es donde se ven las magníficas piernas de la mecanógrafa que vimos en tantas películas, el simpatiquísimo botones que hace guiños y masca goma, y ese hombre pálido con el cuello subido que alarga la mano con gran timidez suplicando los cinco céntimos. Es aquí donde yo he tenido una idea clara de lo que es una muchedumbre luchando por el dinero. Se trata de una verdadera guerra internacional con una leve huella de cortesía. "



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