Al polo austral (fragmento)Emilio Salgari

Al polo austral (fragmento)

"Bien pronto se retiraron bajo la tienda, contando con ponerse en marcha muy temprano. En efecto, a las cinco de la mañana comenzaron a bajar la montaña, dejándose resbalar a lo largo de la vertiente opuesta. Aunque el descenso era fácil, no emplearon menos de cuatro días en llegar a la llanura, que parecía seguir hasta el Polo sin interrupción alguna.
El 5 de diciembre, encendido el motor, continuaron el viaje hacia el Sur, con una velocidad de treinta millas por hora. Era necesario apresurarse, porque el sol, después de haber llegado a su máxima altura, comenzaba a bajar, y a la media noche traspasaba el horizonte septentrional. Cierto es que antes del 21 de marzo no se debía poner durante seis meses enteros, quedando aquellas regiones en una oscuridad completa, en una noche tenebrosa y helada; pero los primeros fríos podían llegar pronto.
El deshielo se había ya detenido, pues en el continente austral es parcial y no total; y cuando el sol se ocultaba, el frío aumentaba cruelmente, endureciendo aquellos imponentes campos de hielo. Ya el termómetro había señalado por dos veces -8°, y aquello era mal indicio.
¡Ay de ellos si el invierno polar sorprendía en su retirada a los audaces exploradores! Entonces ninguno podría llegar a la costa a reunirse con los compañeros que les esperaban en la choza.
El 27, después de dos días de carrera rapidísima, los viajeros pasaron al 78° 9’ 30” de latitud, el punto más cercano al Polo a que habían llegado los navegantes antárticos que los precedieron en aquellas regiones. El mismo día vieron con gran sorpresa una bandada de chloephagas antárticas, que volaban hacia el Sur.
Dichas aves tienen el tamaño de ocas, de formas elegantes, con las plumas blanquísimas los machos, y negras con listas blancas las hembras; viven en las proximidades de las costas o junto a los lagos. ¿Cómo, pues, se dirigían al Sur en vez de huir hacia el Norte?
—¿Existirá realmente un mar libre en el Polo Austral, como se supone que lo hay en el Ártico? —dijo Wilkye—. Entonces este continente debe de tener canales interiores.
—Los exploradores antárticos, ¿han visto el mar libre? —preguntó Peruschi.
—Como os he dicho, el ballenero Mowel aseguró haber descubierto en 1820 un mar libre a setenta grados, catorce centígrados de latitud; pero nadie prestó fe a tal aserto.
—¿Y usted cree que exista?
—No —dijo Wilkye con profunda convicción.
—Si existiera, podríamos encontrarnos con la expedición inglesa.
—No lo esperes, Peruschi. El deshielo ha faltado este año, y la Estrella Polar debe de hallarse aprisionada entre los hielos.
—Y estas aves, ¿por qué se dirigen al Sur?
—Lo sabremos si llegamos al Polo. Apresurémonos, amigos; la provisión de petróleo va a acabarse, y en esta región puede comenzar el invierno dentro de un mes.
Montaron en la máquina y prosiguieron avanzando hacia el Sur, subiendo y bajando por las ondulaciones de aquella gran llanura.
El 28, después de una carrera rapidísima, y casi no interrumpida, llegaron al 84° de latitud, sin haber hallado ninguna cadena de montes ni ningún ser viviente. Aquella noche el frío descendió a -27°, y bajo la tienda, no caldeada ya por la máquina, a fin de economizar petróleo, reinó una temperatura tal que los dos velocipedistas, no acostumbrados a aquellos rigores invernales, padecieron mucho antes de quedarse dormidos, y sus dientes entrechocaron largas horas, aunque Wilkye tuvo la precaución de encender la pequeña estufa de alcohol. "



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