Pubis angelical (fragmento)Manuel Puig

Pubis angelical (fragmento)

"Volvió la mirada hacia el cuarto. El respaldo de la cama, de madera tallada policroma, terminaba en nubes y ángeles flotantes. Uno de ellos, de mirada extraña, como de pez, parecía observar al Ama. Ésta a su vez lo miró fijo. El ángel parecía pestañear, sus párpados bajaron y volvieron a subir, según impresión del Ama. ¿Alguien la espiaba? Por entonces bajó la vista y descubrió un mensaje sobre el taburete de armiño, «Querida: mis negocios me reclaman, no te lo advertí porque entonces me habrías convencido de quedarme. Te narcoticé porque no me habría atrevido a hacerte lo que más tarde te hice, si tus ojos me hubiesen estado observando. ¡Tu belleza me intimida tanto! temía que me paralizase, por eso no podía aceptar al mismo tiempo el reto de tu inteligencia, tan sobrenatural como tu cuerpo. A tus pies, tu esposo».
Pocas horas después, el sol que pasaba por entre esos cortinados imprudentemente descorridos, la volvió a despertar. Nada le había sido explicado, ¿cómo llamar a la servidumbre?, no veía botones que apretar, pero sí un teléfono de porcelana reposando sobre patas de oro, sin dial, con auricular y bocina también de oro. En seguida contestó una voz de mujer mayor. La nueva Ama preguntó la hora, apenas las ocho de una mañana de primavera de 1936. Ordenó el desayuno, té con limón, tostadas sin untar pero crocantes. Se le contestó que era imposible subirle una bandeja a su cuarto, el Amo había ordenado servirla en el justamente llamado Pabellón del Desayuno. El Ama replicó que no tenía deseos de bajar. La servidora se limitó a agregar que el Amo había dejado precisas y definitivas instrucciones sobre el modo de darle la bienvenida, fatigada como habría de estar, apenas llegada la noche anterior, después de la ceremonia de bodas en Viena. Todo había sido cuidadosamente ideado por el Amo para dar el máximo placer a su esposa y, la servidora insinuó, cualquier interferencia implicaría un grave desprecio.
Una minibalaustrada caprichosa remataba la cúpula del Pabellón, fue lo que menos la impresionó, a primera vista. Por encima del portal de mármol ceniciento surgían otra vez nubes con ángeles rodeando a una santa, todo en estuco blanco. Los ángeles admiraban a la santa, la protegían, tocaban instrumentos, le cantaban. Ninguno de ellos tenía ojos de pez, y ninguno miraba al Ama. A continuación se le dio a elegir, o el rincón de los rosales, si es que prefería estar al sol, o... Ella asintió en seguida, los rosales. El Ama notó que todos los lacayos eran de avanzada edad. Y al sentir el té que le mojaba los labios, en ese preciso momento, un sonar de flautas y arpas comenzó a elevarse de entre las hierbas. Los músicos pastores, invisibles u ocultos, calmaron levemente la angustia de la bella, le dieron fuerzas para levantarse e iniciar su primer recorrido de la isla. Era plana, un contorno de pocos kilómetros, la podría abarcar de una sola caminata, sería fácil descubrir el modo más fácil de escapar de allí. El té no le había calmado la sed.
La melodía se alejaba a medida que el Ama se acercaba a la reja, deslinde del parque y la orilla del lago. Pero pronto se distinguieron pasos veloces de una servidora al parecer joven. «¿Es usted la única menor de setenta años en esta casa?», se le respondió que sí. «¿Y por qué han hecho tal excepción?», se le respondió que había necesidad de alguien capaz de seguirla sin fatiga, en caso de que quisiera dar rápidas caminatas. El Ama insinuó gesto de acercarse a la reja, fue detenida bruscamente, «¡Alto ahí!... perdone mis modales, pero el hierro está electrizado». La reja repetía el mismo tema decorativo —brazos titánicos y serpientes— a lo largo de su entero recorrido, el perímetro ovalado de la isla. Era de construcción reciente mientras que el resto databa del siglo dieciocho. El Ama odió esa reja, como siempre había odiado —sin saber por qué— las obras de los artistas vieneses de principios de siglo, con su obsesión por las rectas paralelas, por las jaulas. Los hierros verticales figuraban serpientes paralelas, una con la cabeza hacia arriba, la siguiente hacia abajo, todas con la boca furiosamente abierta y la lengüeta rígida; las líneas horizontales eran en cambio una cadena de nudosos brazos que se iban tomando el uno del otro, describiendo un esfuerzo crispado y aparentemente sin esperanzas: en ellos se clavaban las serpientes. El Ama llevó los ojos al cielo, no podía soportar la visión de esa reja. Cerca del sol, nubes extrañas cambiaban de forma con rapidez inusitada. Parecían insinuar letras, un mensaje. "



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