Engaño (fragmento)Philip Roth

Engaño (fragmento)

"El domingo tuve una pequeña aventura. Paseaba por Chelsea con mi amigo israelí Aharon Appelfeld y su hijo Itzak. Estábamos frente a St. Leonard’s Terrace, camino de King’s Road. Íbamos por la acera izquierda y por la derecha venían dos hombres que rondarían los cuarenta, con aspecto de profesionales, bien vestidos con suéteres y pantalones holgados, con todas las trazas de que también paseaban. Al acercarse a nosotros, empezaron a cruzar la calzada y observé que uno de ellos, el que llevaba un suéter verde, refunfuñaba o repetía algo mientras me dirigía una mirada furibunda. No entendí lo que decía, pues hablaba a medias consigo mismo, pero siguió murmurando mientras pasaba con su acompañante por nuestro lado y seguían andando calle abajo. Me volví para mirarles en el mismo momento en que él se volvía, y vi que no dejaba de mascullar. No le entendía, pero tuve una corazonada. «¿Le fastidia alguna cosa?», le pregunté a gritos. Al principio él se limitó a mirarme cejijunto. Luego señaló su propia ropa y gritó: «¡Ni siquiera vistes correctamente!» Eso me confundió. Mi suéter era marrón oscuro y el suyo verde, pero por lo demás vestíamos casi exactamente igual. Yo tenía barba, claro, que había descuidado y necesitaba arreglo. Así pues, lo que había visto era un hombre barbudo, con gafas, atezado, vestido más o menos como él, que hablaba animadamente con un hombre menudo, calvo, de edad mediana, que llevaba chaqueta y camisa deportiva, y un chico moreno de dieciocho años, los cuales escuchaban y reían mientras los tres caminaban por las tranquilas y civilizadas calles de Chelsea una hermosa tarde de domingo casi a finales del verano y, podría añadir, como si fueran los dueños del lugar. Aquel hombre respondió: «Ni siquiera vistes correctamente», y se quedó allí mirándome furibundo. Podría haberle matado. Si hubiera tenido un arma le habría pegado un tiro, no porque estuviera tan enojado por mí mismo, sino porque paseaba en compañía de un querido amigo a cuya madre la mataron los nazis y que pasó parte de su infancia en un campo de concentración. «Eso no se hace», pensé, avancé un par de pasos hacia él y, con mi mejor acento americano, le dije: «¿Por qué no te vas a tomar por el culo?» Él me miró un instante más, pero entonces dio media vuelta y se marchó. Desde luego, en caso de que hubiera una pelea, contaba con la ayuda de Itzak, el hijo de Aharon, un muchacho corpulento que hace muchas flexiones cada mañana, pero resultó que el caballero inglés no buscaba camorra. Tan sólo estaba furioso, y le bastó verme en las tranquilas y civilizadas calles de Chelsea para que perdiera los estribos. Su manera de andar, la expresión de su rostro, su respiración denotaban el furor que le embargaba. Este incidente me dejó muy agitado y un tanto perplejo. No comprendía qué quiso decir aquel tipo con eso de que yo no vestía correctamente. Aharon tampoco caía en la cuenta e Itzak tan sólo se divertía. Es un chico nacido en Israel y hasta entonces nunca había sido testigo de un incidente antisemita. Al muchacho de Jerusalén aquel hombre sólo le había parecido ridículo, pero yo soy de Newark y el maldito asunto me intrigaba, hasta que al fin lo comprendí: si vestía incorrectamente era por la similitud de mis ropas y las suyas, pues con mi barba, mi aspecto y mi gesticulación debería llevar caftán, sombrero de fieltro negro y un chal de oración. En ningún caso debía usar unas ropas como las que llevaba. En fin, aquella noche Aharon cogió el tren de regreso a Oxford, donde se alojaba con Itzak, mientras en casa dábamos una cena en el transcurso de la cual conté esa anécdota. Todavía estaba afectado por lo sucedido y, además, creía que la observación de aquel hombre acerca de mi ropa era interesante porque al principio me había parecido muy enigmática. En realidad, tropezar con un antisemita en una calle londinense no me resultaba tan sorprendente, era algo que podía suceder en cualquier parte. No, lo que me sorprendió fue que todos los asistentes a la cena sin excepción estaban convencidos de que no había tropezado con un antisemita. Mi reacción, mi manera característica de malinterpretar el significado de aquel comportamiento, les divirtió. Me dijeron que aquel hombre era simplemente un excéntrico, un chiflado, una especie de lunático, y que el incidente carecía por completo de significado, excepto el de que demostraba, una vez más, lo paranoico que soy en ese aspecto. «Pero ¿qué activó su chifladura?», les pregunté. «¿Qué vio concretamente en mí que causó su irritación?» Ellos no hicieron más que reírse y volvieron a explicarme lo tonto que soy al reaccionar así y, créeme, nunca me había sentido tan desplazado en ningún país como me sentía allí, escuchando a aquellas personas inteligentes y decentes empeñadas en negar lo que tenían ante los ojos. Recuerdo el primer año de mi estancia aquí. Una noche estaba mirando la televisión y salió un anuncio de puritos, cigarritos o como se llamen. Mostraba el final de la representación de una obra en la que intervenía el Fagin de Dickens, un Fagin al que no le faltaba la enorme nariz ganchuda y la enmarañada melena cana y grasienta. Cae el telón, Fagin hace sus reverencias... y entonces el actor regresa a su camerino, se sienta ante el espejo, se quita la nariz ganchuda postiza y la fea peluca y se restriega con crema para el cutis hasta recuperar su aspecto normal. Bajo el maquillaje, ¡oh, maravilla!, hay un actor inglés de cabello rubio, guapo, de edad mediana pero juvenil, con todos los indicios de pertenecer a la clase alta. Para relajarse después de la representación enciende uno de esos puritos, aspira el humo con satisfacción mientras habla del sabor, el aroma, etcétera, y entonces se acerca a la cámara con un gesto muy íntimo y, de repente, muestra el purito y con sonrisa impúdica y acento áspero, faginesco, yiddish, dice: «Y lo mejor de todo es que son muy baratos.» Pues bien, dado que soy como soy, me sentí desconcertado. Estaba solo en casa cuando ocurrió esto, y como experimenté el impulso repentino de hacer algunas preguntas a alguien acerca del sitio donde ahora intentaba vivir en paz, telefoneé a un viejo amigo mío, un judío inglés que vivía en Hampstead, y le dije: «¿Sabes lo que acabo de ver en la televisión?» Pero cuando se lo conté también él se echó a reír. «No te preocupes, ya te acostumbrarás», me dijo. "


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