Verás el cielo abierto (fragmento)Manuel Vicent

Verás el cielo abierto (fragmento)

"Creo que éste es un buen momento para contar algunas cosas de mi vida. La melancolía de la tarde parece muy propicia para poner un poco de orden en mi cabeza. El tornado se ha llevado por los aires la caseta del perro y las bicicletas, ha partido la yuca y ha quebrado algunas ramas de los chopos. El fondo de la piscina está lleno de pinocha y sobre el agua flotan las flores de la buganvilla. Llueve, llueve otra vez. Los pinos de atrás de la casa huelen intensamente. Los veraneantes ya han regresado a la ciudad. Los toldos de los chiringuitos de playa están recogidos, las sillas han sido apiladas y atadas con cadenas, pero cuando salga el sol los caracoles treparán por las perfumadas virutas del hinojo en el barranco y yo volveré a abrir las ventanas. No quisiera mentirme. Tal vez no voy a tener el valor de levantar la tapa de la quesera, con la que trato de proteger mi alma de las moscas, a no ser que la escritura desate el nudo asentado en el diafragma. Me pregunto para qué sirve ser sincero, si dentro de poco ya estaré en el fondo del mar o en esa estrella del firmamento que he elegido y que está compuesta por todos los huesos de personas y animales que han muerto en la Tierra. La vida consiste en equivocarse, cada uno a su manera.
Este membrillero me lo regaló el tío Manuel. Su fruto no ha evolucionado nada desde el tiempo de los patriarcas. Los membrillos se hallan incólumes en los bodegones de Zurbarán y así se muestran ahora en el frutero pegado con garras de alambre que está sobre la mesa de la cocina de mi casa de Denia donde escribo estos recuerdos, que podrán servir de pasto para mi psicólogo. Es el frutero de la abuela Roseta partido en dos por la esquirla de obús. Lo he conservado como un símbolo de la guerra civil; a lo largo de tantos años lo he ido cargando con las frutas de cada temporada, pomelos, melocotones, claudias, cerezas, como una redención de aquella crueldad. Ahora contiene los cinco primeros membrillos de la cosecha de este otoño.
Apenas terminó la guerra llegaron a La Vilavella unos zíngaros con un oso y una cabra. Instalaron un teatrillo de saltimbanquis en la plaza y reclamaron el interés de la gente tocando la trompeta y un pandero. El espectáculo consistía en hacer equilibrios en la cuerda floja y en obligar al oso y a la cabra a subir a una escalera de mano al son del pasodoble España cañí. Uno de aquellos cómicos de la legua, cuyo bigote se parecía a las dos alas abiertas de un vencejo, se enamoró de una chica del lugar y, aunque ella no correspondió a su amor, el hombre dejó de andar por los caminos, se afincó en el pueblo y se hizo quincallero, montó un tingladillo bajo una acacia de la glorieta, junto a la fuente calda, y comenzó a reparar cántaros rotos, otros objetos de barro o de loza y cualquier trasto viejo que le presentaran. Nadie conocía su nombre verdadero. "



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