Fragmentos de amor furtivo (fragmento)Héctor Abad Faciolince

Fragmentos de amor furtivo (fragmento)

"¿De qué hablaba Susana? Así como a los gastrónomos les encanta hablar de comida mientras comen, y además, de sobremesa, comentar no sólo lo que acaban de comer sino también los platos corrientes, maravillosos o exóticos que alguna vez probaron, así mismo, a Susana, de sobrecama, le encantaba hablar de sexo y relatar a Rodrigo tanto lo que acababa de sentir como lo que había sentido otras veces en los brazos de sus amantes del pasado. Susana quería que Rodrigo la conociera toda, entera, totalmente desnuda y con todos sus recuerdos, con todas las dichas y desdichas de su vida amorosa.
Los cuentos de Susana eran inagotables; noche a noche era capaz de empezarle una historia que se cerraba o que dejaba en punta para terminar después, otro día. Y tenía el poder de ocupar, de copar los pensamientos de Rodrigo con sus cuentos. Lo torturaban pero también lo apasionaban los interminables capítulos de su educación sentimental en la cama. No sólo en la cama: también en la playa, en el agua (dulce y salada), en hamacas, jergones, prados, tapetes, duro suelo, ramas de árboles, baños, armarios, despensas, sofás, poyos de cocina, quicios de puerta, descansos de escalera, marcos de ventana.
Tal vez había algo masoquista en el comportamiento de Rodrigo. Esas historias de Susana, que eran recuerdos, historias verdaderas vividas por ella, lo apasionaban y al mismo tiempo lo aterrorizaban. Tenía un sentimiento ambivalente. Se sentía, al mismo tiempo, curioso y feliz de descubrir los secretos de Susana, pero también inseguro. Para intentar dominar tanta información desperdigada en noches de relatos sucesivos, para intentar despejar cualquier mentira, cualquier inexactitud o incoherencia, Rodrigo resolvió convertirse en el amoroso notario de sus intimidades. Todos los días desde este tercer día, al volver a su casa, ya en la madrugada, sacaba un cuaderno y hacía una especie de acta o memorial de las palabras de la noche. Un diligente y detallado memorándum de lo que Susana iba diciendo.
Lo agobiaba una curiosidad casi malsana que lo llevaba a pedirle (disimuladamente) detalles, más detalles. Querer saber la verdad es una de las perversiones del amor, dijo un celoso. Y Rodrigo quería saber la verdad, saberlo todo, todo. A veces la angustia —que disimulaba ante ella, por temor a que se callara— se le volvía insoportable; sudaba, sentía que la sangre se le estancaba en la cabeza, creía que no iba a ser capaz de seguir oyendo, se veía ya dejado a un lado, reemplazado en el cuerpo y en el corazón de Susana por cualquiera de sus amantes malos, pésimos, óptimos, maravillosos, únicos, extraordinarios. Confundía los tiempos: todo el pasado de Susana se le convertía en futuro. Si los humanos estamos condenados a repetirnos, pensaba, lo vivido no es más que un anuncio del porvenir. Resolvía entonces que tenía que dejar de verla, así fuera a costa de parar los relatos. Pensaba en enviarle una nota de ruptura definitiva, en hacerle una llamada de corte radical, en hacer una ultimísima visita de despedida. Pero no era capaz. "



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