La tierra prometida (fragmento)Henrik Pontoppidan

La tierra prometida (fragmento)

"El comedor, como la mayoría de las habitaciones de la casa parroquial, era una pieza amplia, señorial, con techo de estuco y decoraciones de paisajes sobre las puertas. Aunque las aldeas de Vejlby y Skibberup pertenecían desde hacía mucho tiempo a la clase de buena parroquia, toda la casa parroquial, incluidas todas sus edificaciones contiguas, estaba construida en un estilo que recordaba más el castillo de un gran propietario que la vivienda de un eclesiástico.
El antecesor del párroco Tonnesen había sido un hombre riquísimo. Su primer acto en la parroquia fue demoler completamente la vieja casa parroquial, levantando por cuenta propia en su lugar el actual palacio, cuyo elevado coste dio motivo entonces a verdaderas peregrinaciones de toda la comarca. Todavía palpitaban las historias fabulosas sobre la facilidad con que aquel hombre gastaba sus dineros. Si acudía a él un campesino quejándosele de una desgracia en el ganado, o de un incendio en el granero, le eximía al instante del diezmo, e incluso a veces le metía en la mano un billete de cincuenta táleros al despedirse. A cambio de ello, les pedía que le dejasen en paz entre sus libros y objetos artísticos; y como la población de la comarca siempre había tenido más apego a los bienes terrenos que al tesoro de la religión, durante los cinco años que el «pastor millonario» residió allí existió entre la parroquia y él la más excelente comprensión.
Sin embargo, el párroco Tonnesen tenía sus buenas razones para quejarse amargamente de su antecesor, quien con su conducta hacía sembrado la confusión más completa en la mente de la parroquia. Todos los feligreses se habían acostumbrado a considerar el diezmo como algo que podían dar o dejar de dar, según les pareciera; y como Tonnesen pidiese el cumplimiento de las normas establecidas, e incluso exigiese severamente el pago puntual de los distintos tributos, se consideró esta actitud como una avidez de dinero que decía mal de un pastor, dando origen a una sedición, que fue el comienzo de una tirantez, que jamás cedió desde entonces, entre el párroco y parte de los feligreses.
Pero si en este aspecto tenía el párroco motivos fundados para estar quejoso de su antecesor, le estaba, en cambio, doblemente agradecido por la principesca mansión que le había dejado. Ésta respondía precisamente a lo que, según su modo de ver, era una residencia propia para el representante de Cristo en la parroquia de Vejlby y Skibberup. Y eso era, en parte, la causa de que él siguiese en aquel cargo bastante modesto, habida cuenta de su edad y antigüedad, ya que, por otra parte, el mantenerle allí era una ofensa que le habían hecho desde arriba, y que él atribuía a malevolencia personal de un inmediato superior, el obispo, hombre de espíritu liberal tanto en lo religioso como en lo político, a cuyo nombramiento había aludido momentos antes en su conversación con el capellán. No era, en efecto, porque el párroco Tonnesen se estimase a sí mismo en poco; y como en dos ocasiones fuese pasado por alto en la provisión de algunos puestos más elevados, Tonnesen vio en ello una injusticia a sabiendas y decidió ir con menos frecuencia a pedir traslado a su obispo actual, decisión que le habían permitido tomar lo reducido de su familia y las rentas de una pequeña fortuna privada.
Sin embargo, recibió algo de bálsamo para su herida cuando, un par de años antes, se dejó nombrar párroco, o «párroco decano», como obstinadamente se hacía llamar por sus feligreses. En esta situación, su acumulada fuerza comercial adquirió un campo adecuado, y el sentimiento de su propia valía se indemnizó allí de todas las ofensas sufridas. Desde ese día, él vivía, y respiraba en viejos rescriptos y párrafos de la ley, redactaba con apasionada solicitud escritos de varias horas, dirigidos a las autoridades de la diócesis y el consejo provincial, exponiendo sus puntos de vista; enviaba en toda ocasión a los pastores que de él dependían informes detallados, y era, sobre todo, el terror de los maestros de escuela de su jurisdicción, a los cuales perseguía con interminables listas de informes y esquemas, cuyo cumplimiento les imponía con la exigencia de la más estricta exactitud.
Con todas estas disposiciones de organización entretuvo también durante el té a su capellán, dándole a entender que, si él había pedido ayuda para su actividad ministerial en la parroquia, era para poder dedicarse a estas tareas más enojosas. "



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