El vientre de la ballena (fragmento)Javier Cercas

El vientre de la ballena (fragmento)

"Por vez primera me fijé entonces en el hombre que habíamos apresado. Fue así como me llevé la segunda sorpresa de la noche. Desde el principio yo había notado algo anómalo en aquel hombre, y ahora, en un instante de vertiginosa incredulidad, comprendí. Por un momento me pareció estar en uno de esos sueños en los que una persona desconocida adopta el rostro o los rasgos físicos de alguien que nos es familiar, y, por alguna inexplicable asociación de imágenes, la memoria me devolvió de golpe un sueño que había tenido hacía mucho tiempo. Yo estaba en el patio de butacas de un teatro, esperando que se levantara el telón, y cuando el telón se levantaba yo ya no era un espectador ni estaba en el patio de butacas, sino que era un actor en el escenario, enfrentado a una oscuridad numerosa y amenazante. Fue todo uno recordar el sueño y sentir que ahora yo también estaba actuando y que el vestíbulo del piso de Claudia y el descansillo donde Marcelo estaba todavía tumbado eran el escenario de una representación en la que no sólo yo, sino también Ignacio y Marcelo y el tipo que habíamos apresado eran actores de una obra cuyo argumento desconocíamos y cuyo director nos había abandonado a los azares de la improvisación. Entonces, en medio de la angustia, sentí con la fuerza de un presentimiento que de un momento a otro el telón caería y acabaría la función, y que cada uno de nosotros desvelaría de golpe la identidad verdadera que se escondía tras su máscara de actor. También pensé otra cosa: que iba a despertar. No cayó el telón; no desperté. Y tuve que aceptar que el hombre que Ignacio y yo estábamos sujetando era el tipo del bigote a quien días atrás, en el restaurante Casablanca, en Sant Cugat, mientras conversaba con Marcelo, yo había visto cortejando a una chica rubia y de inquietantes pestañas espectaculares, y a quien en un primer momento había confundido con un actor o presentador de televisión. «No puede ser», pensé. Pero era.
[...]
Creo que fue sólo entonces cuando, de un modo confuso pero inapelable, cobré plena conciencia de la situación: acababa de forzar la puerta de una casa desconocida, cuyo dueño —también un desconocido— yacía debajo de mí después de haber dejado fuera de combate, en un acto de legítima defensa, a uno de mis compinches en el asalto, mientras el otro le amenazaba con un bate de béisbol que parecía ansioso de descargar sobre él. Quizá por eso, porque de golpe comprendí que no iba a resultar fácil salir con bien del aprieto en que nos habíamos metido, cuando oí a mi espalda el chasquido sordo del ascensor llegando al ático y pensé: «La policía», no sentí miedo, sino sólo una mezcla de desconsuelo y de alivio. "



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