La guerra de los judíos (fragmento)Lion Feuchtwanger

La guerra de los judíos (fragmento)

"También Josef era sensible a la seducción de la pequeña Mara. Conocía a las indolentes galileas, tímidas, hasta melancólicas, pero exuberantes y sensuales en la entrega.
De pronto, con cierto desparpajo, Josef dijo al romano que Mara quería algarrobas.
Estaba en su derecho. Mara, hija de Lakisch, no podría sin ellas pronunciar la fórmula de bendición cuando recibiera el vestido cuadrangular.
Vespasiano se enfadó.
—¿Os habéis puesto sentimental, judío? Comenzáis a fastidiarme. Os dais demasiada importancia. Cuando uno desea llevarse a una chica a la cama me exigís unos preparativos como para una campaña militar. Quiero deciros una cosa, profeta. Enseñadle un poco de latín. Decídselo mañana por la mañana, pero no os adelantéis a disfrutarla si queréis que vuestra condición de profeta no sufra perjuicio.
Josef pudo ver a Mara al día siguiente. Llevaba puesto el sencillo vestido típico de las mujeres del país, hecho con una sola pieza rectangular de color marrón a rayas rojas. El instinto no había engañado a Vespasiano. La pureza de su rostro ovalado, la frente pequeña y luminosa, los ojos almendrados y los labios voluptuosos y un poco prominentes de la muchacha se apreciaban más con su vestido sencillo que cuando apareció casi desnuda y cargada de ornamentos.
Josef la interrogó con cautela. Su padre y toda su familia habían muerto, según creía la niña en castigo por sus pecados. Ella también expiaba las culpas paternas: Lakisch ben
Simeón había aceptado un cargo en el teatro de Cesarea, después de consultar a muchos sacerdotes y doctores, quienes, aunque con vacilaciones, lo habían autorizado a trabajar en ese lugar. Otros, en cambio se habían opuesto en nombre de la fe y en ellos Mara había depositado su confianza, y en las palabras de los macabeos. Su padre realizaba un trabajo prohibido, ella misma se había convertido en una réproba: se había exhibido desnuda ante los incircuncisos y les había servido de diversión. ¿Por qué Yahvé no la había hecho morir antes de aquello? Se quejaba con dulzura; su voz sonaba suavemente, su expresión era humilde. Se había sentado frente a Josef; era una joven deliciosa, ya era una mujer. «Su viñedo está en flor», pensó él. Súbitamente, sintió un violento deseo de ella. Sus rodillas se doblaron como en la caverna de Jotapata. Miraba a la niña y ella a su vez no apartaba sus rasgados ojos profundos de él. Su boca estaba apenas entreabierta pero Josef sentía su aliento puro. La deseó ardientemente.
–¿Qué debo hacer, mi doctor y maestro?— prosiguió Mara. –Es un gran consuelo, un precioso favor que Dios me concede poder hablar con vos.
Su sonrisa encendió en Josef un odio salvaje y descontrolado hacia el romano. Forcejeó por quitarse las cadenas, inútilmente. No tenía escapatoria; él mismo debía ayudar al bruto voraz a poseer a la niña.
Mara se incorporó rápidamente, y sin dejar de sonreír caminó de un lado al otro, con pasos ligeros, calzada con unas perfumadas sandalias de cáñamo.
–En sábado siempre he calzado sandalias perfumadas; es un mérito, que Dios toma en cuenta, que nos vistamos el día santo con cuidado especial. ¿He hecho bien en pedir al romano las sandalias?
–Escucha, Mara, hija de Lakisch, joven doncella– dijo Josef, tratando de explicarle, con el máximo cuidado, que ellos dos habían sido enviados por el Señor junto a Vespasiano, para cumplir el mismo fin. Le habló de la joven Ester que Dios mandó a presencia del rey Ahasvero para salvar a su pueblo, y de frene, enviada ante el rey Tolomeo.– Es tu deber agradar al romano, Mara.
Pero ella sentía miedo. El incircunciso, ese impío que un día sería juzgado en el valle de Hinom, ese vejestorio, la disgustaba, la espantaba. Josef, enfurecido contra sí mismo y contra el romano, la aconsejó con tiernas palabras, con frases comedidas. Preparó para el romano un manjar delicado.
A la mañana siguiente, Vespasiano describió a Josef con cruda franqueza cómo habían sucedido las cosas respecto a Mara. Un poco de pudor y de temor no le disgustaba, pero ella había temblado de la cabeza a los pies, estuvo a punto de desvanecerse y, al fin, se había quedado inmóvil, completamente rígida. Él estaba viejo y un poco reumático, y la niña lo había fatigado. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com