Ángeles del abismo (fragmento)Enrique Serna

Ángeles del abismo (fragmento)

"Habiendo perdido el consuelo de la religión y, por añadidura, la humildad necesaria para vivir en el bando de los apestados, al poco tiempo recayó en la bebida. Una noche no llegó a dormir, y a la mañana siguiente, dos de sus antiguos compañeros de farra lo llevaron cargando a casa, envuelto en los efluvios del chinguirito. Al recibir el bulto maloliente, Crisanta midió el tamaño de la imprudencia que había cometido. Dios mío, ¿qué hice?, pensó, yo misma lo empujé a esto y ahora mi vida volverá a ser un infierno. Esa tarde, cuando Onésimo terminó de dormir la mona, le pidió que visitaran juntos al padre Justiniano, pero él no quería poner un pie en su parroquia, dijo, por temor a encontrarse a los miembros de la cofradía. Esa noche regresó a las tabernas en busca del único auxilio espiritual a su alcance, y cogió una borrachera de tal calibre que no volvió a casa en una semana.
Por esos días, Crisanta obtuvo un sonado triunfo en la primera y única función del auto de santa Tecla, a la que asistieron las internas del claustro y las familias de las pupilas. Como algunos miembros de la hermandad de Onésimo tenían tratos con la madre superiora del convento, llegó a oídos de las monjas la noticia de la vejación que había sufrido la pequeña actriz, y al escuchar los elogios por su trabajo en el salón donde sirvieron el refrigerio, Crisanta se sintió más compadecida que admirada. Para no seguir despertando lástimas, había ocultado a sor Felipa la desaparición de su padre. Nadie debía conocer su lamentable abandono, nadie debía saber que llevaba cuatro días alimentándose de mendrugos y que había contraído por medios naturales la consternante palidez de su personaje. Era de nuevo una hija del arroyo y ya se daba por despedida de ese hermoso convento, tan necesario para soportar la fealdad de su vida. Iría a parar a un obraje, donde la pondrían a hilar algodón con un mandil percudido. Y ella tenía la culpa de todo, sí, ella misma se había echado la soga al cuello por haber montado una comedia tramposa y ruin, donde hacía mofa de las cosas santas. Todo lo que padecía desde entonces era un castigo por esa profanación. Se había envanecido con su poder de fingir y representar, como si el amor divino fuera una cosa de broma, y ahora pagaba las consecuencias de haber concitado la ira del cielo.
Tres días después, cuando Crisanta empezaba a mendigar comida, Onésimo volvió a casa acompañado de una mujerzuela del arrabal, Lorenza, una mulata de ubres vacunas y labios gruesos, a quien había levantado en un lupanar de la calle de Mesones. Desde su llegada, Crisanta la vio con recelo, pero como no quería más líos con su padre, tuvo que resignarse a convivir con la intrusa. Lorenza empinaba el codo al parejo de su amante, pero le gustaba vestir con cierta galanura, y Onésimo se vio obligado a trabajar para comprarle las sayas de raja ribeteadas de oro con las que salía a pavonearse en las calles, para escándalo de las señoras decentes que coincidían con ella en la cola de las tortillas. Si la confesión de Onésimo le había costado el repudio de sus cofrades, los escotes de Lorenza terminaron por malquistarlo con el resto del vecindario. El carnicero, la señora de la recaudería, el lechero y hasta el aguador que les traía las tinajas desde la fuente de la Mariscala se negaron a surtirles víveres, a pesar de que Lorenza ofreció pagarlos con dinero contante y sonante, mientras la mayoría de los vecinos pagaban a crédito. Ante el clima de hostilidad y después de varios altercados callejeros por defender a Lorenza, Onésimo prefirió sacrificar su posición social para vivir en un lugar donde nadie lo conociera, y se mudó al pueblo de Tacuba, a cinco leguas de la ciudad. Los pocos españoles que vivían ahí eran artesanos o zaramullos sin oficio ni beneficio, entre los que encontró una buena acogida, y como abundaban las mozas del partido, nadie podía escandalizarse por los plebeyos modales de Lorenza.
Ahora ganaba menos con los ataúdes, pues las borracheras le robaban la mitad de su tiempo y había renunciado por orgullo a los encargos de la parroquia de Santa Catarina. Constreñido a fabricar cajones de pino para los humildes muertos del pueblo, tuvo que hacer un drástico recorte de gastos y sacó a Crisanta del convento de la Encarnación. Empezó para la niña un período de maltratos y privaciones, pues Lorenza despilfarraba en sus caprichos el poco dinero que entraba en la casa, y para colmo, empleaba a la niña como moza de cámara y retrete. Mientras se acicalaba en el tocador o charlaba con las vecinas de balcón a balcón, Crisanta tenía que trapear, hacer camas, poner a calentar el chocolate y zurcir los jubones de su padre. "



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