La soledad del mago (fragmento)Juan Gabriel Vásquez

La soledad del mago (fragmento)

"A Léopold le pareció que lo ocurrido dentro de su bolsillo era una de las cosas más extraordinarias que había visto jamás —la interacción de un llavero, un anillo de bodas y el gesto mágico de una mano—, y no podía pensar que fuera un error, como en ese instante le decían todos, haber cuestionado en público las habilidades de un mago, aunque se tratara de un mago aficionado, un mero aprendiz de fin de semana. El rostro del mago (Léopold recordaba el momento en que había oído su nombre, Chopin, y no había sido capaz de preguntar si se trataba de un mote vulgar o de una casualidad) emergía de un grueso cuello de tortuga, y la piel tersa bajo el mentón se arrugaba cuando el hombre asentía o se preocupaba, y se arrugó también cuando Léopold se acercó a la lámpara más alta con el testimonio de la magia en la mano y su tacón derecho buscó el interruptor sobre el parquet; el foco se encendió y los ojos de Léopold se fijaron en aquella maravilla, un llavero engarzado en un anillo. Selma, su esposa, lo vio caminar hacia ella, tomar su mano izquierda y calzarle el anillo, un diamante imbricado en la superficie espejeante, como si la desposara de nuevo, y no pudo no preguntarse, puesto que su matrimonio le parecía aún nuevo como parecen nuevos después de cierto tiempo unos zapatos que no se usan con frecuencia, si eso seguiría sucediendo en el futuro: si actos pequeños o circunstancias banales le parecerían a veces pertenecer con retraso a la misma, ya pasada liturgia.
Se habían casado en una ceremonia católica en la cual el vestido crema y no blanco de la novia se enredaba en los apoyabrazos de las bancas, porque ella, niña caprichosa, había impuesto que la ceremonia se dijera al aire libre y junto a la capillita de piedra de la colina que miraba hacia Hamoir, a pesar del viento agresivo en el que podían volarse cometas en esa época del año, y todo aquello únicamente porque la aterraba la idea de meterse en pleno mes de julio en la oscuridad húmeda y siniestra de la iglesia de Saint-Paul, en Lieja, cuyos vitrales de colores, sucios de la suciedad urbana, prohibían el paso de la luz, y cuya puerta de entrada aparecía congestionada durante los fines de semana por los puestos de chocolates y gaufres de crema y por los carros de los comensales y por los comensales mismos, familias con niños torpes de manos torpes a quienes ya podía Selma figurarse ensuciando con salsas dulces, de caramelo o de manzana o de moras salvajes, la cola reluciente de su vestido. Así que el padre Malaurie, vecino de Xhoris, utilizó un imperdible para dominar su sotana, y le dio la bendición a la pareja sin evitar que las páginas de papel de arroz de su Biblia aletearan como un pájaro enjaulado, sin enterarse nunca de que la novia estaba embarazada y sin saber, por supuesto, hasta qué punto el embarazo era una de las razones más pertinentes que tenía ella para estar allí ese día, sosteniéndose el velo con la mano para que Léopold pudiera besarla y girando de frente al viento para que su pelo no le hiciera cosquillas en la cara a su marido, no lo hiciera estornudar en un momento tan solemne, no se le metiera en los ojos. El beso de Léopold tuvo sabor a coctel de champaña; el hombro de su traje de gala despidió un hálito de naftalina que Selma respiró sin ganas. Esa noche lloró un poco: le hubiera gustado que su padre viviera aún para entregarla en matrimonio. Charles, su padre, muerto de cáncer de garganta antes de que ella aprendiera a hablarle, había sido una ficción, una conjetura; su hija —Selma estaba mágicamente segura de que sería una niña— era afortunada porque tendría un padre vivo, porque no crecería tan sola como ella había crecido.
La ilusión de tener una hija le había cambiado a Selma la manera de moverse, de tocar a Léopold (con quien se había acostado apenas una docena de veces antes de que un mareo la tumbara en plena Place Saint-Lambert), y después, cuando ya vivían juntos en la casa de la rue de Lognoul, cerca de Ferrières, solía levantarse en la mitad de la noche, cerrar la puerta del baño para que la luz blanca no despertara a su marido, desnudarse frente al espejo y perderse en la contemplación de su cuerpo y de los cambios en su cuerpo, porque detallar su vientre de perfil a través de los tres, cuatro, cinco, seis meses, era como atender a las fases de una luna carnosa, una luna ombligona y fantástica, sobre el cielo de baldosín aguamarina. Sus senos crecieron hasta que le fue posible, al agacharse un poco en determinadas posiciones, sentir que su piel descansaba sobre su piel, y esa sensación, extravagante y a la vez algo monstruosa, la excitaba; y sus areolas pequeñas se oscurecieron y la piel de sus pezones se volvió dura y porosa, dos lunares de aserrín sobre la palidez llena y redonda. Fue por esa época que Léopold se ofreció como anfitrión del primer día de la temporada de caza, en parte por el pequeño honor que eso implicaba en su grupo de cazadores —hombres relacionados con la empresa de limpieza industrial que había mantenido a la familia desde 1959—, en parte por el delicado orgullo de presentar en sociedad a su esposa y a su hija nonata, inserta la una en la otra, una muñeca rusa. En el rostro de Selma persistían los mismos rasgos con los cuales se había obsesionado Léopold, pero los pómulos hinchados, las ojeras de cierto agotamiento y la sonrisa difícil lo confundieron, y al momento de reunirse los cazadores en círculo para que el maître de chasse diese las instrucciones y estableciese las reglas, el momento que Léopold había predispuesto para traer a Selma al interior del círculo y decir algo meditadamente gracioso como estarán prohibidos los jabatos, no hay que tirar al interior del cercado y ésta es mi esposa, señores, en ese momento, vestido de verde y gris y con el fusil colgando del hombro, Léopold sólo acertó a señalarla con la mano enguantada (hacía frío), y en el silencio que se hizo en el patio empedrado se oyeron las respiraciones turbadas de los cazadores, las uñas de los perros jugando sobre el empedrado, los ecos de la sonata para piano que alguien había puesto en el salón y que atravesaba los cristales. "



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