Obras completas de Sally Mara (fragmento)Raymond Queneau

Obras completas de Sally Mara (fragmento)

"Una hora después, he logrado meter a Joël en el taxi con ayuda de Mrs. Killarney. Le he preguntado si venía.
—No, gracias. Eso es para los jóvenes.
Ha cerrado de un portazo y le he dado al chófer la dirección de los Mac Adam. Le he pedido que se detuviera delante de la casa de tía Patricia para aprovechar una vez más sus comodidades, ya que me sentía cada vez más emocionada. Cuando he bajado, Joël y el chófer habían desaparecido. Los he sacado de un pub cercano, no sin antes haber absorbido tres güisquis para armarme de valor, y hemos llegado a nuestro destino con dos horas de retraso. Yo he pagado el taxi con mis últimos feoirlins.
Nos han recibido con una ovación formidable. Joël no ha tardado en desaparecer por el lado de las botellas, mientras que mis amigas, entonces he constatado que no me faltaban, me abrumaban con preguntas, besos y cumplidos. Me sentía muy intimidada pese a los güisquis y he advertido que era la única que no se había puesto polvos ni pintado los labios. Incluso Ignatia llevaba las uñas de rojo.
Cuando el entusiasmo suscitado por nuestra llegada se ha calmado un poco, alguien ha puesto un disco en el fonógrafo y algunas parejas se han puesto a bailar. Era una mazurca, justo lo que yo había aprendido: un glissé, un coupé arriba, un fouetté, un glissé, un coupé arriba, un jeté, seis tiempos y ocho movimientos. Con el gaznate seco, el corazón batiendo y la lengua como cuero, me preguntaba si iban a invitarme. Y me ha invitado, aunque no de inmediato, un muchacho al que nunca había visto.
Cuando me ha puesto el brazo en la cintura y he sentido su mano en el hueco de la espalda, mi emoción ha sido tan intensa que he estado a punto de desmayarme. Unos relámpagos me surcaban la columna vertebral, mis ojos espejeaban, una bola de fuego me asaba las intimidades. He empezado con algunos pasos de galope de la cuadrilla de lanceros. No hemos tardado en tropezar, pero mi caballero (¡oh!) me ha estrechado más fuerte para impedir que me cayera. De repente los entresijos de mi ser se han humedecido y, echando la cabeza hacia atrás, casi he puesto los ojos del revés, mientras mis extraviados pies, intentando en vano encontrar el enésimo movimiento del compás equis, sólo daban con los magullados dedos de los pies de mi caballero (¡oh!).
—Agota, ¿eh? —me ha preguntado amablemente.
—¡Aaaah! —he dicho.
—¿No le gustaría un glass para reponerse? —me ha propuesto.
—Buena idea —he respondido.
Me ha soltado y, cogiéndome por el codo (como a una novia, ¡oh!), me ha conducido al bufé. Abel servía. He pedido un güisqui y mi caballero (¡oh!) otro. Tras haberse soplado una fracción notable del vaso, me ha preguntado:
—¿Usted es la hija del vampiro?
—Parece.
—Mi nombre es Steve.
—El mío Sally.
—Nunca la había visto aquí.
—Quizá no.
—Bhfuil tü ag foghluim na Gaedhilge?
—Táim le tamall.
—¿Con Padraic Baoghal?
—Parece.
—Yo también. Me tomará como alumno en el lugar de Barnabé Pudge. ¿Le conoce?
—¡Si lo conozco! ¿El ferretero?
—Es un oficio —ha dicho Steve.
—¿Y usted qué hace?
—Vampirólogo. Me gustaría que me dijera algo de su papá, pues estoy ansioso de detalles inéditos y su padre se ha labrado una bonita carrera en la actividad que he adoptado como objeto de mi erudición.
—¡Que le den por el culo! —le he respondido.
—¿Perdón?
—¡Le he dicho que le den por el culo!
—¡Señorita!
Se ha inclinado graciosamente y se ha alejado. Me he quedado un instante sola. Abel, que servía copas por doquier, me ha propuesto llenarme el vaso, lo que he aceptado enseguida. He observado que se mantenía a una respetuosa distancia.
—¿Me tiene miedo? —le he preguntado animada por cierto calor interno debido probablemente al güisqui.
Ha farfullado algunas palabras con la botella en la mano. Me he acercado a él.
—¿Quién es ese asqueroso?
Le he mostrado al llamado Steve, con el dedo.
—Un amigo de Patricia. Un estudiante de vampirología.
—¿Es por eso que le intereso?
—Yo… eh… no lo sé.
He pensado que había llegado el momento de flirtear. Con el que fuera, me daba igual. ¿Y por qué no con ese Abel a quien apenas conocía? En ese momento he intentado recordar algo: ¿dónde lo había visto la última vez? Estábamos sentados el uno al lado del otro, si no recuerdo mal, pero ¿dónde? No podía dar con ello. Así, pues, he continuado:
—¿Y a usted no le intereso?
—Sí… sí… mucho.
—No sólo papá es interesante, ¿no cree?
—Sí… sí… claro.
Acababan de poner otro disco, era un boston. Me encanta el boston. Creo que me gusta tanto como los arenques al jengibre, y la idea de bailarlo con un señor de un físico agradable me ha herido la médula espinal hasta el punto de que no he podido dominar mis palabras, pese a saber que llevaba el flirt más allá de los límites permitidos.
—¿Bailamos esto? —le he propuesto a Abel.
Lanza a su alrededor la mirada del hombre que se está ahogando, luego, no viendo llegar ningún auxilio, coloca la botella en la mesa y, enlazándome, arrancamos. Yo había comprendido que era tímido. Efectivamente, me pisaba fluidamente los pies. A fin de darle confianza, me he apretado contra él, muy fuerte, y no he tardado en recordar las circunstancias en que lo había contactado la primera vez: ¡claro! ¡En el último té de la señora Baoghal! "



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