Romance del duende que escribe canciones (fragmento)Hernán Rivera Letelier

Romance del duende que escribe canciones (fragmento)

"Era la pampa, el salitre, la sequedad, el desierto de Atacama. Yo tenía doce años y nunca había visto la mar. Dos días llevaban mis hermanas mayores en el puerto buscando casa. Suerte la suya. Mi padre, mi hermano menor y yo nos habíamos quedado embalando los bártulos. De modo que aquella tarde, apenas mi hermana Edith saltó de la pisadera de la góndola, me abalancé encima suyo para que me contara la mar. El mar, me corrigió ella en tono didáctico. Yo no le dije nada. A mí me gustaba más la mar.
El campamento minero paralizaba sus faenas y teníamos que emigrar de nuevo —el éxodo constante de los pampinos—. Algunos se iban a trabajar a otras salitreras; otros volvían al sur, a su tierra natal, allá en los campos de la patria. Nosotros, como muchas otras familias (incluida la de María), nos íbamos a Antofagasta, el puerto más cercano. Partíamos temprano al día siguiente, así que yo me fui a acostar de los primeros (estaba todo embalado, menos los colchones). Pero no fue a dormir que me recogí esa noche, sino a pensar, a imaginar, a soñar la mar. No el mar, sino la mar. La mar como la María; como la María que tenía ojos del color del mar. Que era azul, pero más que azul, había dicho mi hermana; que era verde, pero más que verde; que era como verde y azul revueltos. ¡Verdeazul como los ojos de la María!, dije yo casi gritando. Mi hermana sonrió. Ella siempre había sospechado que a mí me gustaba la María. Y cómo me gustaba. Antes solo había tenido el cielo para comparar el color de sus ojos alacranados. Y un día se lo dije: «Tus ojos son puro cielo, María». Ella, que era de la misma edad de mi hermana Edith —un año mayor que yo—, me dijo que los míos eran del color de los cerros. Ella tampoco conocía la mar, solo la había visto en películas. Ella iba al biógrafo. Yo no. Mis padres eran evangélicos. De modo que yo ni en películas ni en fotos ni en sueños conocía la mar. Simplemente no me la imaginaba. Y mi hermana llegó esa tarde del puerto mostrando un tesoro de cosas nunca antes vistas por mis ojos, cosas del mar. Traía caracolas, traía conchas, traía huiros, traía estrellas de mar. Huele, me decía, es el olor del mar. Y mis sentidos se llenaban de sensaciones extrañas y peregrinas. Llegó hablando palabras nuevas mi hermana aquella tarde; palabras bellas, fulgentes, asombrosas. Gaviotas llegó diciendo, garumas, pelícanos, olas más altas que la casa. Las gaviotas, las garumas y los pelícanos me los podía imaginar, eran pájaros, volaban (como las golondrinas y los gorriones, únicos pájaros que yo conocía hasta entonces). Pero las olas, qué eran las olas, qué cosa podía tener un nombre que se me deshacía en la lengua. La pronunciaba y la palabra se me volvía agua en el paladar. Son tumbos, dijo mi hermana. Y quedé aún más perplejo. Son montones de agua que llegan a la arena rugiendo, dándose vueltas de carnero y haciéndose espuma blanca, trató de explicar mi pobre hermana. Y las palabras le llegaban como olas a la boca y se le hacían espumilla en la comisura de los labios. Verdeazul, olas, tumbos, agua salada, gaviotas rayando el cielo y pelícanos con un pico como bolsa de comprar pan. Cómo será, pensaba yo. Agua azul, agua verde, agua verdeazul, agua y más agua; y más allá de donde llegaba la vista, más agua todavía. Y al atardecer el sol hundiéndose en el agua, redondo como una naranja, en serio que sí, hermanito, te lo juro ¿La mar apagando el sol, o el sol hirviendo la mar? Ya me estaba afiebrando. Yo solo había visto el sol escondiéndose detrás de los cerros. También había dicho arena y rocas, mi hermana. Bueno, la arena la conocía, el desierto estaba lleno de arena y de piedras. Claro, las piedras eran las rocas. Y el salitre podía ser la espuma. Solo faltaba el agua para convertir la pampa en mar. Mi padre una vez me dijo que toda la extensión de la pampa salitrera antes había sido mar. Y una tarde, para demostrármelo, cuando llegué a la calichera a pie descalzo llevándole su pan con mortadela y su tecito preparado en botella de Bilz, mi viejo me mostró un bolón de caliche partido en dos (una roca de caliche) en cuyo interior se veía el dibujo de un pez petrificado. Fue la primera vez que oía decir pez; hasta ese momento solo conocía la palabra pescado. Ese era un pez, pero de piedra. Y mi pobre padre tenía que partir esas piedras de caliche con su macho de 25 libras, triturarlas a puro ñeque mientras mojaba su cotona con el agua que le chorreaba de la cara, del torso, de su cuerpo aperreado. El sudor era agua salada. Igual que el agua del mar. Y el mar era más grande que la pampa, había dicho mi hermana. Cómo sería ver tanta agua junta, Diosito santo. En la casa ni siquiera había agua potable. El agua para tomar la acarreábamos en baldes desde el caño de la esquina (antes era peor, contaba a veces mi padre; antes nos repartían una ficha que decía vale por un hectolitro de agua, y con ese poquito la vieja tenía que cocinar y dejar para lavarnos la cara). A mí me gustaba ir a buscar el agua al caño de la esquina en mis dos baldes de lata galvanizada y mi gancho a la espalda. Mientras se llenaban los baldes, yo contemplaba las burbujas de agua con la misma fascinación con que se contempla el flamear de una fogata. Y el agua acumulada en el barril dispuesto en la cocina —donde se criaban pirigüines— era la cantidad más grande de agua junta que yo había visto en mi vida. Siempre me habían hablado de la piscina de la casa del administrador, pero nunca la había visto. Una vez fuimos a mirarla con la María. Eludimos a los guardias que, a caballo y con huasca, correteaban a los niños que invadían el sector de los gringos, y llegamos por la parte de atrás. Pero la piscina estaba sin agua. La están limpiando, dijo la María, decepcionada. ¿Y si al llegar a Antofagasta la mar estuviera vacía? ¿Limpiarían también la mar? Estaba delirando. La María se reiría como loca si me oyera decir eso. Mar, María. Mar, Mario. El-mar-la-mar-el-Mario-la-María. Sonaba bonito decirlo rápido. Las palabras parecían encresparse, moverse, mecerse, como había dicho mi hermana que se mecía la mar. Parece una cuna, dijo. El-mar-la-mar-el-Mario-la-María. Hasta daban ganas de dormirse acunado en su compás. "



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