El señor Vogt (fragmento)Karl Marx

El señor Vogt (fragmento)

"Aguerrido hasta este punto fue el grito de guerra que el boyardo de la Marca lanzó contra todo un ejército de dispersos delegados. Uno de éstos escuchó el llamado, se recobró y, en efecto, llegó a la hazaña de condenar al hidalgo de la roja tierra, a concurrir al campo de batalla junto a Eisenach. El derramamiento de sangre parecía inevitable, cuando en el instante decisivo, el boyardo husmeó la presencia de una rata dunscótica. Su rival se llamaba Jorge Jung y las leyes del honor mandaban que el caballero sin miedo y sin tacha luchara con el dragón, pero en modo alguno, si se trataba de un tocayo del caballero que mató al dragón. El pinzón no dejó que se le sacara esta idea fija de la cabeza. Prefería jurar por todos los santos, abrirse la barriga como un Damio japonés, a torcer un solo pelo de un hombre que se llamaba Jorge y para colmo resultaba demasiado joven para batirse en un duelo. Con sin igual encono, este decidido duelista se enfurecía y atacaba entretanto en la Iglesia de San Pablo, a las personas antigubernamentales que se encontraban encerradas en la cárcel de Münster (Sesión del 8 de diciembre de 1848). Así como no rechazaba el menor detalle para agradar a las autoridades, su afán de lealtad se superaba en gigantescos esfuerzos a favor de la organización de una pequeña Alemania, y de una gran corona prusiana. Warwick, el hacedor de reyes, era un niño comparado con Vinke, el hacedor de Emperadores.
El boyardo de la Marca creyó que ya había reunido suficientes brasas sobre la cabeza de la ingratitud de 1848. Al caer el ministerio de la acción, Vinke desapareció por un tiempo de la Iglesia de San Pablo, manteniéndose en disponibilidad. Lo mismo al caer el ministerio de Pfuel. Pero como evidentemente la montaña no llegaba a Mahoma, Mahoma resolvió ir hasta la montaña. Votado en una de las putrefactas ciudades, el caballero de la roja tierra reapareció repentinamen­te en Berlín en calidad de diputado de la cámara impuesta, pletórico del gran afán de recibir el premio que le esperaba en pago a las hazañas realizadas en Fráncfort. Por lo demás el caballero se sentía muy bien en ese estado de sitio, que no habría de nevarle la libertad antiparlamentaria. La silbatina y las exclamaciones con que lo festejó el pueblo berlinés mientras esperaba frente al palacio, junto con los demás diputados impuestos, el que se les recibiera en el Salón Blanco, fueron recogidos y escuchados ávidamente por él con ambos oídos, puesto que Manteuffel había insinuado en forma suave, que para premiar ciertos méritos, con tal de encontrarse vacante una determinada cartera ministerial, en las esferas superiores se tendía a aceptar de manos de los hacedores de Emperadores de Fráncfort, la corona de la pequeña Alemania. Alucinado por esta dulce esperanza, el pinzón trató ante todo de ser útil como dirty boy del gabinete. De acuerdo a lo prescripto por el Kreuzzeitung, bosquejó, en primer lugar, el rótulo para la corona, gritó contra la amnistía, aceptó la constitución impuesta, bien que con la condición especial de que fuera nuevamente revisada y pulida por una “vigorosa potencia estatal”, insultó a los diputados izquierdistas atacados de la enfermedad del sitio, etc., y esperó la llegada de su triunfo.
Se acercaba la catástrofe; la diputación Imperial de Fráncfort había llegado a Berlín y el 2 de agosto de 1849 Vinke expuso una enmienda del bosquejo Imperial, por el que Manteuffel había votado con toda inocencia. Inmediatamente después de levantada la sesión Vinke corrió a grandes saltos hasta un negocio de ropavejero vecino, para comprar un portafolio, un portafolio de negras tapas de cartón, forro de terciopelo colorado y bordes dorados. Contentísimo y con triunfal y faunesca sonrisa en los labios, el caballero de la alegre figura fue a ocupar a la mañana siguiente su asiento de la cámara central pero… “¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca!” fue lo que oyó; la boca de Manteuffel se contrajo en una mueca de sorna y el hidalgo sin miedo, lívidos los labios, temblando, como una anguila eléctrica por la íntima emoción que lo embargaba, le espetó salvajemente a sus amigos: “¡Detenedme si no queréis que ocurra una desgracia!” Para detenerlo el Kreuzzeitung, cuyas instrucciones hacía meses Vinke venía cumpliendo cuidadosamente y cuyo bosquejo para el rótulo de la cámara había apadrinado, publicaba al día siguiente bajo el título: “La Patria está en peligro”, un artículo en el que se decía que “el Ministerio continúa y el rey responde al señor von Vinke y compañía, que no se ocupen de lo que nada les importa”. Y el estafado caballero sans peur et sans reproche, se marchó de Berlín con rumbo a Ickern con unas narices más largas que las que jamás lució Levy y las que sencillamente no puede hacerse más que a alguien que no sea… ¡Un ministro del futuro!
Después de haberse agriado durante muchos años ejerciendo la zoología práctica, el Cincinato de la tierra roja despertó cierta hermosa mañana en Berlín como jefe oficial de la oposición de la cámara de diputados prusiana. Puesto que en Fráncfort le fue tan mal con sus discursos derechistas, se dedicó ahora a pronunciar discursos izquierdistas en Berlín. No fue posible saber con certeza si representaba a la oposición de la confianza o a la confianza de la oposición. Lo cierto es que continuó excediéndose en el desempeño de su cargo. Muy pronto se había hecho tan indispensable para el gabinete en las bancas opositoras, que se acabó por prohibirle que jamás las abandonara. Y es así como el hidalgo de la tierra roja continuó siendo… ministro del futuro. "



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