Palabra de honor (fragmento)Ana María Machado

Palabra de honor (fragmento)

"Un amigo de mi padre estudió lenguas y le interesa la etimología. Decía que, sin poder asegurarlo, todos equivalen a un nombre solo, procedente del árabe, al-maidá o al-maadana. Hasta Amado, que no vendría del latín como puede parecer. En ese caso, no sería una evolución de amatum, sino una derivación de Almada. A su vez, corruptela de Almeida. O viceversa. Uno de los nombres quiere decir colina, otero, pero también manantial, fuente, mina de agua. Otro significa montaña de piedra, mina de metal. Pronunciaciones parecidas. Pueden haber venido de una única familia musulmana, distribuyéndose en ramificaciones diversas, en el tiempo medieval de la ocupación en Portugal.
En cuanto a los Oliveira y a los Pereira, sin duda eran cristianos nuevos. Judíos recién convertidos o haciéndose pasar por cristianos para escapar a las persecuciones. En esa mezcla de musulmanes y judíos a través del tiempo, llevamos en nosotros una memoria de cuerpos enlazados y una promesa de paz.
Me gusta recordar que tenemos esa buena mezcla. Como familia y como pueblo. Y además los perdidos celtas que ya vivían por allí cuando llegaron los orientales, y nos dejaron de vez en cuando esos tintes rubios, esos ojos claros, que irrumpieron en mi padre y en mis hermanos. Sin contar las mezclas, tan brasileñas, que nos trajo mi madre de la colonia italiana instalada junto a la Mata Atlántica, en sus rasgos mestizos de tantos pueblos entrelazados.
Aun por el lado paterno, lusitano puro, están las ricas impurezas de nuestro variado sustrato étnico formando a la vieja mujer que ahora encuentro sentada en el jardín de la clínica, entregada a colorear un dibujo que no logro identificar, porque ella enseguida cierra el bloc cuando me ve llegar. El marco de la cabellera le da un efecto de halo luminoso, pero es imposible considerar esos cabellos amarillentos de la tía Dora como prueba de que haya sido rubia, al blanquearse por el paso del tiempo. La piel, sin embargo, es clarísima, así como los ojos, aún vivaces bajo una película gelatinosa y húmeda. La nariz levantina y consistente se destaca en el rostro triangular y definitivamente confirmaría la pertenencia familiar de mi tía bisabuela, si eso un día fuese necesario. Al mismo tiempo, revela que hoy estamos aquí, por los trópicos, pero no puede haber dudas de que tenemos un pie en las arenas del desierto.
Me gusta encontrarla así, al aire libre, entre sol y sombra. Los primeros días estuvo más postrada, casi siempre en la cama. Ahora, alimentándose mejor, parece que ha creado una vida nueva.
Al verme, interrumpe el dibujo, guarda los lápices de colores y se levanta con alguna dificultad. Caminamos por la alameda y ella me va mostrando las flores y follajes en los bancales del jardín, como si fuese una gran señora exhibiendo su propiedad. Me lleva hasta el balcón, donde nos sentamos para tomar un zumo, que le pide a la enfermera en tono de quien da una orden. Agradece con un gesto condescendiente y aristócrata, de gran dama de la clínica geriátrica, aparentemente sin ningún recuerdo de que poco tiempo atrás estaba en la selva urbana, era habitante de las aceras de Copacabana y tuvo que dormir algunas noches en la calle.
Los ojos que me encaran, sin embargo, no olvidan. Nada. Hay en ellos un desamparo atemorizado que corta el corazón. Muestran que allí dentro, por detrás de ese porte imponente, vive un animalito acorralado, con miedo, hambre y frío. Será necesario mucho más que la compañía de sobrinos, en una sucesión de turnos, y los cuidados profesionales de una clínica para reconfortarlo. Si es que hay consuelo posible. "



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