Cuerpos sucesivos (fragmento)Manuel Vicent

Cuerpos sucesivos (fragmento)

"Martín venía del fondo de la muerte o del tiempo cuando la ambulancia llegó a un cruce de calles que era decisivo: una llevaba al depósito de cadáveres y otra regresaba de nuevo a la pared blanca. Ana le hablaba al oído y le llamaba con el nombre de Martín para que decidiera vivir por sí mismo. En la pared blanca el ángel estaba ahora dibujando un triciclo distinto al que había aparecido en el espejo negro del prostíbulo donde David fue herido por un beso de sangre que cuajó en el silencio. El ángel dibujaba otra vida a través de otros juguetes de niño, de otros libros leídos, de otros amores sentidos, de otros viajes realizados, de otras heridas recibidas, de otros sueños, de otras caídas, y Martín se reconocía en todos ellos e incluso veía a otra paloma volar desde un cuarto trastero donde quedó otra niña Clara llorando, y se sentó bajo los tilos de la explanada del Casino de Baden-Baden en otro sillón de mimbre junto a otra Eva vestida con una falda de flores, pero en la pared blanca apareció la única Ana desnuda caminando hacia unas higueras y granados que coronaban unas ruinas donde Martín la esperaba con su cuerpo nuevo, que ya no formaba parte de ellas. «Todavía está vivo. Dese prisa», gritó Ana al conductor de la ambulancia. Durante el trayecto hacia el hospital la amante contemplaba absorta las dos heridas mortales y en cada una palpitaba un alma distinta. Una era la de David todavía. Otra ya era la de Martín.
Afuera llovía y la noche ya estaba cerrada cuando la ambulancia llegó a la rampa de urgencias y, aunque el herido de arma blanca parecía uno solo, uno más, eran dos los acuchillados en un mismo bautizo de sangre. Ana se volcó sobre ellos para abrazarlos hasta más allá de sus heridas antes de que la camilla se adentrara en un pasillo por una puerta con batientes de goma. «Espere aquí noticias. La tendremos al corriente. ¿El herido trae documentación?», preguntó uno de los celadores. «No sé», dijo Ana. Y se sentó en un banco corrido de la sala de espera junto a otra gente desesperada.
Las pantallas del quirófano tenían el deslumbramiento del sol de mediodía e iluminaban el cuerpo desnudo de quienquiera que fuera el hombre tumbado en la camilla, pero la luz blanca incidía en su mente hasta llegarle al fondo del alma y allí estaba Ana caminando de forma neumática, con el violonchelo al hombro, por un jardín lleno de jaras y otras plantas silvestres junto a las cuatro adelfas que había plantado un poeta. Ana lo había llamado muchas veces con un grito de placer desde lo alto de un acantilado y, obedeciendo a sus gemidos, él se había puesto a andar hacia ella desde el fondo del tiempo. En cada orgasmo el azar de aquella mujer rubia le obligaba a variar de rumbo. Martín se movía por distintas ciudades del mundo, con diversos oficios, con otros amores, con otros sueños, pero siempre que sentía en la nuca el grito de Ana tenía enfrente un cruce de caminos y era ella la que escogía y lo iba atrayendo a su vida. Sus gritos de placer tiraban de los hilos con el mismo juego que entretiene a los dioses. Suéñame, respondía Martín a cada uno de aquellos impulsos desde el fondo de su sangre.
Mientras tanto, el cirujano de guardia examinaba también los caminos que había tomado la navaja y echaba los dados sobre las heridas. La trasfusión de sangre que le estaban haciendo era un misterio porque en el cuerpo de Martín entraba el río de todos los cuerpos sucesivos que Ana había amado a lo largo de su vida.
En la sala de espera había otra gente desesperada que aguardaba en silencio otros veredictos. Esa noche habían entrado en ese hospital al menos veinte navajazos de reyerta pero sólo uno tenía la urgencia del amor. Ana recordaba ahora cuánto había querido a David. Los más bellos momentos de su vida los había compartido en aquellos viajes que él le preparaba con la imaginación. No hacía ni dos horas que había soñado que navegaba con él rumbo a Alejandría pero ella llevaba dentro una tempestad y habían naufragado. Se prometió que no volvería a suceder. Se juró que si David sobrevivía ella le seguiría a todas partes donde la llevara, hasta el final de sus días en este mundo, y sería su cuerpo el navío más fiel, el más firme, el más seguro. En ese momento entró en la sala de espera un celador y preguntó en medio del silencio de todos: «¿Los familiares de Martín?». Ana se levantó. El celador dijo que lo acompañara. En el silencio del ascensor Ana le preguntó: «¿Cómo sabe usted que se llama Martín?». El celador le contestó: «Es el nombre que nos ha dado el herido al salir del coma. ¿Es algo raro?». Ana murmuró: «No, no, en absoluto». "



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