El hermano bastardo de Dios (fragmento)José Luis Coll

El hermano bastardo de Dios (fragmento)

"Me acerqué a los pies, tratando de atrapar un poco de aire. De pronto pensé que si apagaba primero los cirios de los pies después tendría que llegar hasta el fondo, y me quedaría totalmente a oscuras, junto a aquella cabeza horrible. Sí, apagaría primero los de la cabeza y después los otros. Acerqué mi boca al cirio de la oreja derecha del muerto. Yo sé que soplaba, pero el aire no me salía. Mi mandíbula inferior repicaba sobre la otra. Varias veces intenté soplar en vano sobre aquella llama tan sólida. Saqué el pañuelo y con él apagué el primer cirio. Una cuarta parte menos de luz. Ahora tendría que bajar hasta los pies, para llegar al de la oreja izquierda, si quería evitar hacerlo por encima de su cuerpo. Lentamente, y arrastrando las sandalias por las baldosas, llegué hasta el fatídico cirio. Mi pañuelo apagó el cirio, a cambio de su vida, pues ardió por completo. Desarmado, me acerqué a los de los pies. De repente noté que el cabello se me erizaba. Me pareció que aquel cuerpo inerte se me abalanzaba por la espalda, para devorarme en no sé qué oscuros abismos. Di un grito que sólo yo escuché y corrí despavorido kilómetros y kilómetros por un nicho sin final.
Me salieron granos en la cara y en las manos.
Mi hermano se quejó a mi abuela de por qué de pronto me había entrado la manía de dormir con él, teniendo mi propia cama.
Tras aquella horrible experiencia, y una vez sosegado el ánimo, ofrecí mis servicios de acólito en la catedral, ese único monumento de estilo anglonormando, cuyo campanario con cima de Giraldo se vino abajo dicen que por el 1900, quedando atrapada bajo el campano una muchacha que libró su vida por intercesión del Cielo.
Regía su burocracia interna un sacristán tartaja, de cuerpo apaisado, que atendía por Pepito, cuya edad no se atrevía a confirmar el más experto en bocas de caballo o gitano quiromante. Su voz era feminoide, así como sus andares vacilantes. Cruzaba por delante de los altares mayores, con el mismo respeto y devoción que un ateo ante una estatua de Buda. A los monaguillos novatos, solía tiramos de las orejas, con el fin de que confesáramos dónde estaba el vino que él se había bebido. Y la verdad es que nosotros, lo único que hurtábamos sin disimulo eran los recortes de las hostias sin consagrar, que como galletas de agradable sabor nos devorábamos.
El momento que esperábamos con verdadera ansiedad estaba en las mañanas de los domingos, especialmente durante la misa de doce, que es a la que acudían los más limpios por dentro y por fuera. Venerables caballeros con traje purificado, a cuyo brazo iba cosida la sumisa esposa; y de la mano, los productos con ella obtenidos: niños inmaculados en cuyas cabezas reposaba dulcemente el Ángel de la Guarda.
El domingo que, por tumo, no me correspondía ayudar en la misa de doce, me dedicaba a observar a la comparsa. Mujeres tocadas con velos o pañuelos —el caso era estar tocadas— mangaban sus misales con más destreza que un tahúr su baraja. Los hombres de edad madura, bigotito acabado a tijera, pelo aplastado y brillante, se daban tales golpes en el pecho que más de uno vomitó sangre. Luego ponían los ojos en blanco y alzaban la cabeza hacia el artesonado, no sé si para que el Sumo Hacedor atendiera sus ruegos o mitigara el dolor de la autodisciplina.
Allí se daban cita las familias más alcumiosas de la parte alta de la ciudad, que era, según se decía, la parte más noble y heráldica en la que podía tener cuna un conquense de pro. Los de abajo eran conquenses con gaseosa, miniconquenses o conquenses aficionados, que ni por sangre o tradición podrían jamás competir con los que vivían en las casas con cuestas y escudos en las fachadas. "



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