Donde nadie te encuentre (fragmento)Alicia Giménez Bartlett

Donde nadie te encuentre (fragmento)

"Salió a la calle y empezó a caminar hasta la salida de la ciudad. Necesitaba estar solo, pensar. Aún se encontraba a tiempo de marcharse a su casa, de huir. Miró el panorama campestre, que no tenía más barrera que las montañas. Era hermoso, ¿quién podía negarlo? Pero él no estaba en situación de contemplar la belleza con espíritu místico. A partir de aquel momento se encontraba en peligro y lo sabía. Su vida podía cambiar. Su vida miserable, su vida llena de losas que pesaban como el madero que Cristo tuvo que cargar. Los olivos centenarios le devolvieron, como si conversaran con él, la imagen religiosa: en un olivar sudó sangre la noche antes de que lo crucificaran. Se metía con decisión en su destino, pero sufría. La valentía no es dejar de sentir el miedo, sino sentirlo y seguir adelante igual. Su padre le decía que las religiones son una patraña. Cierto, pero constituyen un punto de arranque para hacer comparaciones, para representarse imágenes, para crear metáforas que nunca vienen mal. Cristo estaba allí, junto a los olivos, enfermo de preocupación ante la perspectiva del dolor físico, de la muerte. Judas le había traicionado. Siempre hay un traidor, y éste siempre se arrepiente, se autoflagela, se suicida al final. Ninguna historia acaba bien para los traidores. No son un buen ejemplo, ni son decorativos, ni mueven a perdón. Son la hez. ¿Dejar solo a Nourissier, abandonarlo? El francés le caía bien. Al principio le había parecido un tipo estirado que llega desde un lugar civilizado, seguro de hallarse en posesión de la verdad. El tiempo había cambiado esa valoración. Nourissier era un buen hombre, un ser extrañamente inocente, incontaminado por la realidad. Le gustaba su sentido del humor, la ligera melancolía que rodeaba su figura, su capacidad para ponerse en la piel del otro, su amabilidad, su cortesía. Quizá la vida no lo había puesto a prueba como lo había puesto a él, pero eso daba igual. Sólo cuentan los hechos y los de Nourissier destellaban como joyas valiosas. Los suyos no, los suyos manchaban las manos como carbones.
Olisqueó las matas, que empezaban a secarse por el otoño. Aquella tierra salvaje y verdadera, desconocida y amenazante como el futuro, le gustaba cada vez más; cuando todo hubiera pasado quizá tomara una decisión parecida a la del juez: retirarse a vivir allí. Alquilaría una casa pequeña y estaría solo, por fin en paz.
Se sentó en el suelo, aspiró el aire. ¿Dónde irían ahora, cuál sería la próxima etapa? Debían alejarse de las montañas, bajar al llano. Estar cerca de Vallibona era demasiado peligroso. Podían instalarse en Santa Bárbara, donde los dejarían tranquilos. Había confiado en que Nourissier se echara pronto atrás de sus propósitos, pero por el momento no había sido así. De modo que irían adelante, él también. Jugaría el juego de verdad, arrostrando las posibles consecuencias. El calorcillo del sol lo reconfortó. Se tumbó de costado y al poco se quedó dormido. "



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