Álamos talados (fragmento)Abelardo Arias

Álamos talados (fragmento)

"Esperé junto al canal; Cirilo no llegaba. No podía comprender su conducta en el callejón. Aquella noche, hacía tres, se empeñó en no mirarme y menos en conversar. Por fin, cuando le hablé, ya sin poder soportar su obstinación, fingió dormir. Estaba seguro, pues le escuché sollozar quedamente durante largo rato. Me revolví en la cama para hacerle saber que estaba despierto. Fue inútil.
Entonces, los perros ladraron furiosamente; Nerón corrió hasta la puerta del jardín, para luego regresar gruñendo.
Contuve la respiración; Isabel, que ocupaba junto con su hermana la habitación de tío Ignacio, encendió la vela. Al momento, se oyó la voz asustada de Tiburcia:
—¡Por Dios! ¿Te sucede algo?
—¡Nada, mujer! ¡Nada! Ya estás con tus tilingadas… Creí que había entrado un murciélago. ¿O es que no puedo prender la luz, si se me antoja? —la voz ronca y carraspienta le temblaba de furor.
—¡Vieja víbora! —grité, sin poderme contener.
—¡Ave María Purísima! ¿Quién anda? —gritó ella.
Un gruñido de Nerón fue cuanto obtuvo por respuesta. Sentándose en la Cama levantó el candelero de bronce, moviéndolo de izquierda a derecha y girando la cabeza en sentido contrario, con balanceo de lechuzón de bodega; luego, apagó la luz.
Los grillos continuaron su chirriar, entrecortado por el croar de ranas y sapos. Vibró en la quietud de la noche el mugido de una vaca; otras la imitaron y, desde el corral, llegaron los agudos balidos de los temeros apartados.
Debió de transcurrir media hora. Cirilo se había dormido.
El armazón de madera, que en invierno sostenía la carpa destinada a proteger al enteco ceibo, en la soledad de la vigilia, me pareció una figura espantable, surgida de los cuentos de brujas y aparecidos que narraba la Pancha.
El perro gruñó nuevamente, dio sus acostumbradas vueltas y se echó, largo a largo, en la alfombra. El cristalino tintinear del agua en el tinajón de la destiladera llenaba, con gracia de pájaro que volara a la altura de nuestras bocas, los ámbitos del caserón dormido. De tiempo en tiempo se escuchaba el sordo golpe de un durazno maduro que, al desprenderse del árbol, caía sobre la tierra arada del camellón.
Cirilo suspiró profundamente. Su espalda, recia y morena, tenía la tersura de un bronce patinado. Permanecí largo rato mirándole. Su respiración se hizo más acompasada. Dormía.
Con ser más fuerte que yo, lo sentía pequeño. «¡Soy un guacho! Un guacho, nomás…».
¿Qué mal podía haberle causado esa noche? ¿Yo, que le debía el haberme salvado en el río? ¿Yo, que a veces, deseaba estar en pie, junto a su cabecera, como esos ángeles de la guarda, de centelleantes alas, que ornaban mi estampa de primera comunión?
De nuevo, me pareció escuchar la risa torpe de Osvaldo Sierra. Sin embargo, apretando los puños musité: Perdóname Cirilo, yo no sé, perdóname…
Hoy, no vendría. Estaba seguro. El resplandor de la resolana me crispaba. La leve trama de brin de mis pantalones se pegaba a los muslos. Sobre una mata de chilca se balanceaba mi chaqueta. Empujado por el viento, muy suave, se apantallaba el maizal sobre la barranca. ¿Estarían allí Victorio y Sabina?
Mojé con la lengua mis labios secos.
Ya no pude recordar a Cirilo; desapareció en ese instante como si se esfumara. Ya no existía. El sendero del Fortín se abría entre los abrojos. Caminé abotagado por el sol. Traspuse la compuerta por el tronco, que le daba apoyo; ya, en el borde del potrero, di un brinco como si los músculos agarrotados se me distendieran. Caí sobre el pasto que se abrió. Quedé tendido, sin el menor deseo de levantarme. El olor de la alfalfa me penetraba con fuerza y palpitaba en las aletas. Terminé por revolearme como lo hacía Nerón. El pasto, húmeda cortina verde que se alzaba hacia el cielo, me rodeaba. Se deslizó por un tallo una catanga, con sus patitas negras bajo el caparazón de brillantes colores; su tamaño no era mayor que el de una uña… de una uña pintada… Dolores, me debía esperar ya. Al intentar incorporarme, el pasto se movió cerca de mis piernas.
Estalló una sonora y aguda carcajada. Dolores apareció gateando, reía sin ninguna coquetería, la cara congestionada por el sol.
—¿Te asusté? ¡Bien haiga, con el hombre que m’echado!…
Miré fascinado los pliegues húmedos y rojos de la boca. Avancé en silencio y besé los labios tensos por la risa. Mi cuerpo cayó sobre el suyo. El pasto agitaba sus florcitas contra el azul del cielo. Las hojas maceradas transpiraban olor de tierra regada.
Se escurrió con brusco movimiento, y rodé de espaldas. En pie, respiraba ansiosamente, el pecho le borboteaba bajo la tela ligera, como una cortadera en cuya raíz chocara la correntada del río.
—¡Alberto!, estás tarumba… —dijo con voz sofocada.
Tenía las pupilas estriadas de rojo; ojos de borracho que yo había visto. ¡Mi obsesión de los ojos parecidos!
—Perdóname… No sé lo que tengo, debe ser el sol… Vos sabés…
Desarrugó el vestido en las caderas, con movimiento de enfundar una almohada, y alisó los cabellos.
—Me cansé de esperarte en el higueral…
—No pude escaparme antes —mentí, desviando la mirada.
¿Por qué no quería hablar de Cirilo con ella? La sola idea me molestaba.
Nos sentamos bajo un corpulento sauce, una de cuyas ramas, desgajada por el viento, dejaba al sol astillas muy blancas. "



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