Sophia (fragmento)Colin Thubron

Sophia (fragmento)

"El colegio ha ido decayendo del modo insidioso y sólo a medias perceptible en que lo hacen las instituciones. Una peor clase de alumno estaba atrayendo a una peor clase de profesor, me dijo cuando me contrató hace veinte años (Dios mío), y él tenía intención de cambiar todo aquello.
Pero jamás lo hizo. Una bruma de fracaso se cierne sobre los profesores, de fracaso no por faltar a sus obligaciones escolares, sino por el mero hecho de estar aquí, en este callejón sin salida.
Yo también me siento así. Cuando pienso en que vine aquí para llenar el tiempo mientras decidía "qué hacer con mi vida". En veinte años, he pasado a tener dos habitaciones alquiladas en lugar de una. Puedo poner mi equipo de alta fidelidad después de las diez sin que el profesor adjunto de matemáticas golpee la pared con un zapato. En una ocasión, McQuitty me dijo que era "un buen candidato para director suplente". Yo sonreí a aquellos ojos verdes y sentí que se tragaban mis próximos veinte años, mi vida entera. Después, salí y vomité en el váter.
Quizás esté un poco enfermo, quizá lo esté desde que vine aquí. Pero ¿cuál es mi enfermedad? No lo sé. Una novia me llamó ameba en una ocasión: me adapto tan desvergonzadamente a las personas que me rodean que casi llego a carecer por completo de presencia. Entre los otros profesores, me descubro coincidiendo con las opiniones más intolerantes, riéndome de chistes estúpidos, aplaudiendo todo tipo de actitudes hostiles y absurdas. No sé por qué. Y, no obstante, soy compasivo hasta un punto casi inmoral. Velo neuróticamente por los alumnos débiles y tristes.
Pero lo peor de todo es que estoy comenzando a perder el interés incluso en ellos. Cuando más me conmueven es al principio de un nuevo curso, cuando reparo en los ojos enrojecidos de los alumnos de siete y ocho años -nuevos iniciados en este infierno caduco y víctimas (supongo) de la ambición social de sus padres. Durante las primeras noches, se oyen llantos en los dormitorios. Éstos dan paso a los "¡Cállate, escoria!" susurrados por los alumnos más curtidos o mayores, como si todo el alumnado se estuviera agrupando, disciplinándose para la vida, para la dureza, para la insensibilidad. "



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