Una campesina en Addis (fragmento)Sebhat Gebre-Egziabher

Una campesina en Addis (fragmento)

"Cuando recibas bendiciones en mi país, ten en cuenta -dice ella- que sólo Él te proveerá de alimento en la transida noche.
Dios cuidará de nosotros -afirmó un hombre- y ella respondió, plena de confianza: Por supuesto que cuidará de nosotros. Es su afán. Nuestro sino es trabajar honestamente cada día, darle gracias y guardar sus preceptos (circunda mi mente la idea de que ella no se toma en serio el mandamiento contra el adulterio, al considerar que no existe pecado mientras no se dañe a nadie).
Le pregunté a Woizero Simmegn si ella estaba de acuerdo con el dicho epicúreo que reza así: come, bebe y se feliz porque mañana morirás.
No todos los días, y añadió con una sonrisa irónica, en cualquier caso no podríamos permitírnoslo. Pero dentro de una medida justa Él nos ha dado la posibilidad de comer, beber y divertirnos. Pero en los días prescritos para la Cuaresma hemos de ayunar y orar por el perdón de nuestros pecados. En este punto su mirada se alza suplicante hacia la bóveda celeste, las palmas de las manos vueltas hacia arriba y clama:
Perdóname, Virgen María.
¿Estás segura de que ella intercederá por ti?
Por supuesto que lo estoy. ¿Por qué no debería estarlo?
El nombre de Woizero Simmegn implica que en el momento del alumbramiento sus padres dijeron: Justo el regalo que tanto ansiábamos. La niña más deseada.
[...]
Inescrutables son los designios divinos que guían nuestro destino. Un rey es expuesto a la vejación pública y un simple ejército se adueña del trono. La riqueza, el poder y la fama enseñorearon sus pensamientos. Creyeron que iban a permanecer indefinidamente en la cúspide. Obviaron la perentoria realidad de la mano cambiante de Dios y se mostraron impertinentes con su creador. Se jactaron acerca de que elegirían el lugar de su entierro. Su exaltada posición hizo que olvidaran lo más simple que acontece a diario, aunque sepamos dónde y cuándo moriremos. Y tomaron sus propias tumbas y enrejados metálicos. Osaron tentar a Dios y los pobres respondieron con sus vidas.
[...]
Mengistu Haile Mariam tuvo muy poco que ver con esto como bien sabes. No fue más que el instrumento de Dios, que lo resucitó de entre el polvo y lo puso al frente del trono para castigarnos. Nosotros habíamos pecado y fuimos por tanto castigados. Cuando hagamos acto de contrición y pidamos perdón, Dios se apiadará de nuestro sufrimiento y enviará a Mengistu hacia alguna de sus imprevisibles sendas. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com