El amante de mi madre (fragmento)Urs Vidmer

El amante de mi madre (fragmento)

"Naturalmente, seguía echando de menos I Leoni; tanto más ahora. Pocas semanas después de la boda partió hacia allí, sola, con su maleta siempre igual. Esta vez, en todo caso, ni los tíos ni Boris encontraron tiempo para recogerla en la estación (¿es que no era nadie?), de manera que tuvo que recorrer a pie el camino a través del valle y la colina de los viñedos. Cinco kilómetros, más bien ocho. Hacía calor. Enjambres de moscas zumbaban a su alrededor. Nubes de polvo cuando un coche la adelantaba. Un sol ardiente, sin sombra en ningún sitio. (¿Se había equivocado de vida?) Aunque el césped y los arbustos estaban verdes también esta vez, las flores volvían a florecer, las lagartijas pasaban corriendo por las piedras de los muros, las libélulas volaban como en los viejos tiempos e incluso los pájaros trinaban como siempre, mi madre no estaba tan entusiasmada como de costumbre cuando por fin subió el empinado y recto camino de acceso a I Leoni. Estaba agotada, sudorosa, y le ardían los pies de tal modo que se quitó los zapatos y caminó descalza los últimos centenares de metros. (¿La pena por su culpa?) La finca, amarilla, resplandeciente, maciza, crecía ante ella. Le habían dado a la iglesia una nueva mano de pintura, y los divertidos matorrales de las canaleras y de los arcos del campanario habían desaparecido. Un ruido extraño venía de la terraza, tan grande como el atrio de una iglesia, que había delante de la casa, justo lo bastante elevada como para que mi madre, que se acercaba, no viera qué ocurría. Subió, gimiendo de dolor, los peldaños de la escalera —peldaños anchos, como para un palacio— y dejó caer maleta y zapatos. Se quedó allí de pie, jadeando. Miró. Había gente por todas partes. Gritos y exclamaciones, todo el mundo parecía dar órdenes a otro sin hacer caso al que llegaba. (¡Oh, ah, aquí estaba ella! ¿Es que no la veía nadie?) Los que estaban más cerca de ella eran tres hombres con trompetas doradas y relucientes, subidos en un pedestal de madera y ensayando, una y otra vez, una fanfarria, sonidos jubilosos, un retumbar sonoro en todo caso que no sonó tan orgulloso como estaba previsto. Tras ellos, los hombres y mujeres de la servidumbre ponían largas mesas de madera, unas junto a otras, extendían encima paños blancos y repartían platos, vasos, cuchillos y tenedores. Una muchacha esparcía flores que sacaba de una gran cesta. Llevaba un traje con cintas y bordados, en realidad todos iban disfrazados, todos los criados y criadas parecían venir de antiguas épocas. Jubones, cazadoras, pecheras. Rebosantes de limpieza. (Mi madre se sintió sucia.) Cuatro hombres trajeron un tonel de vino grande como una casa, jadeando y maldiciendo. El menor de los dos tíos pequeños pasó corriendo tan cerca de mi madre que ella olió su aliento. (¿Es que ella era invisible?) El tío menor llevaba una camisa negra, un brazalete rojo lleno de símbolos angulosos, y ladraba a dos mujeres que adornaban con umbelas de glicinia y rosas un arco de triunfo de madera, detrás del cual estaba directamente mi madre. No se preocuparon de él, y el tío menor giró hacia el tonel de vino. Entretanto también Boris estaba allí, también él casi irreconocible. No sólo llevaba una camisa negra, llevaba un uniforme en toda regla, negro también, y una fusta en la mano derecha, un pequeño látigo que hacía silbar en el aire cuando gritaba una orden. A él sí que le escuchaban los criados y criadas, oh sí, irradiaba gran fuerza y una inequívoca voluntad. — También el tío menor la percibió y tomó una nueva dirección, hacia la puerta de la cocina esta vez. — Mi madre hizo una seña a Boris, porque estaba mirando hacia ella, pero él apartó la mirada y colocó una silla en su sitio correcto. (Ella era invisible.) Luego se quedó simplemente allí, con los brazos en jarras y la mandíbula tan levantada que sus labios redondeados besaban el cielo. ¡Oh, Boris! — Aparte, a lo largo de la balaustrada de la terraza, el tío mayor iba de un lado para otro. También de negro, pero de civil, con un terno finísimo. ¡Con corbata! Movía los labios, levantaba de vez en cuando un puño en el aire y miraba de reojo el papel que tenía en una mano. No había duda de que estaba ensayando. Tampoco él veía a mi madre, aunque su vacía mirada se posaba en ella una y otra vez. — El tercer tío estaba desaparecido. Probablemente, más morado que negro, estaba en la cocina inspeccionando las botellas de grappa. — La tía pasó corriendo junto a mi madre, con los ojos puestos en un haz de espigas y uvas de terracota, pintadas en un azul chillón, que había en la barandilla de la terraza. «Reto, Renzo, rápido!», con aquel sonido Rs que ahora sonaba aún más como el siseo de una víbora. Mi madre corrió unos pasos tras ella, luego se detuvo. (Como si no existiera.) — Los gritos y las voces sólo se calmaron, se extinguieron, cuando los manteles desaparecieron bajo las flores y todas las copas centellearon a un tiempo a la luz del sol. Cuando las sillas estuvieron formadas como soldados de la guardia. Cuando en el arco de triunfo ya no se vio ni un trozo de madera. Cuando los trompeteros estuvieron en su pedestal con las piernas abiertas, las trompetas al hombro como si fueran armas. Cuando el tío mayor metió cogiendo aire su papel en un bolsillo de la chaqueta. Cuando el tío menor volvió de la cocina, sonriendo transfigurado y secándose los labios. Cuando la tía se quitó el delantal y se hizo visible un vestido de seda de un rojo tostado. Cuando la servidumbre, repartida por toda la terraza, formó grupos pictóricos. Cuando Boris se arregló el cinturón y los correajes del uniforme y se quitó de una de las mangas una invisible mota de polvo. Y cuando, sobre todo, una voz excitada gritó: «¡Ya vienen! ¡Ya vienen!». La voz era del tercer tío, que, sereno como Júpiter, estaba en una ventana del primer piso y señalaba a lo lejos, a un punto que los de la terraza no podían ver. "


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