La princesa Tarakanova (fragmento)Grigori Danilevsky

La princesa Tarakanova (fragmento)

"La emperatriz Catalina, al llegar el verano del año 1775, determinó trasladar la corte a las cercanías de Moscú; primero a Kolominsk, y luego a una residencia adquirida al príncipe de Cautemire en la aldea de Barro Negro, más tarde denominada Zaritzin. En la orilla de un frondoso bosque se improvisó un rústico palacio de dos pisos, todo de madera, con algunas dependencias para la servidumbre y grandes barracones para los demás servicios. El sitio era ideal para disfrutar de una vista espléndida, atrayente por los estanques que se divisaban a lo lejos, que parecían por sus dimensiones más bien lagos de aguas tranquilas en el fondo de las depresiones de un terreno abrupto, convertido luego en gran prado. Más lejos aún, los trigales se extendían hasta confundirse con el horizonte, en el que una leve sombra señalaba el comienzo de la selva.
La vida era sencilla y alegre. Un perfume de vida campestre, de heno tierno y tierra cultivada, entraba por las ventanas al abrirlas de par en par. Alguna que otra golondrina, mariposas, una abundancia alarmante de mosquitos, y hasta algún saltamontes..., daban tono a aquella vida reposada y tranquila.
La vida activa empezaba al salir el sol: unos preferían los bosques o los prados, para buscar flores o setas. Otros invertían el tiempo en la pesca, por cierto muy abundante en aquellos parajes, y no faltaban cabalgatas y juegos.
La vida de Catalina era otra: por la mañana se recluía en un modesto cuarto de trabajo del piso superior, vestida con una sencilla bata, calzada modestamente y sin los incómodos peinados entonces en uso, pues prefería su gorro de dormir.
Una de aquellas mañanas, frente a su mesa de trabajo, redactaba una larga carta al conocido filósofo y publicista parisino barón Grimm. Se quejaba Catalina de que sólo le diesen dos plumas al día, medida de precaución para evitar un trabajo excesivo, dado su afán de escribir en todo papel que cayese en su manos.
El mundo entero estaba intrigado en adivinar los derroteros de la política rusa y las próximas decisiones de la emperatriz para con la vencida Turquía; Catalina en cambio, al parecer indiferente, relataba en su carta las hazañas de sus perritos, Sir Tom Anderson y Lady Mimí, princesa de Anderson. Eran diminutos, lanudos, de puntiagudo hocico y graciosos rabos cortados... Eran los favoritos mimados de la emperatriz, quien con sus propias manos había confeccionado dos camitas con sendos edredoncitos de seda. En su epístola, la emperatriz relataba la vida y milagros de Sir Tom Anderson, sus aficiones a contemplar el paisaje desde la ventana, apoyadas las patas delanteras en el alféizar, gruñendo y ladrando a los caballos y a los remolcadores que arrastraban las barcazas. "



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